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Talavante, puerta grande en tarde de remate ferial

Publicado por Rubén Darío Villafraz el 15/11/2010
Talavante, puerta grande en tarde de remate ferial
[Rubén Darío Villafraz] El cierre de la Feria de Valencia contaría con un elemento protagónico superlativo, como lo es el toro.

A él, que se le supone sea el rey de la fiesta se le burla tanto en el ruedo como fuera de el. Ver como un lote de toros que salten a una plaza que se dice de primera categoría y evidencien descaradamente una manipulación tan atroz de sus astas, para un cartel de cierre de una de las citas taurinas que consideramos más importante del calendario nacional, es sumamente preocupante. Se estafa al público, se burla al aficionado y se irrespeta así mismo a un arte que lejos de sus defectos y virtudes goza de una sacramental consideración por la verdad y riesgo, que a fin de cuentas es su razón de ser.

Los toros que ha enviado Jerónimo Pimentel a Valencia han sido una escalera de presencia (como ha sido en toda la feria), aparte de lo ya señalado. Del lote salvamos un bravo y temperamental pitón derecho del primero del lote de El Fandi, y la chochona embestida del que abrió lote a Talavante.

Lo demás, un rosario de descastamiento que lamentamos, pues fue esta divisa no hace mucho tiempo un gran laboratorio de bravura que en el país y la hermana Colombia yacía.

La corrida como ha sido costumbre, comenzó con su impuntualidad de inicio que hace gala Valencia en su programación. Media hora de retraso, para un maratón de toro que nos aguardaba, donde se vería la reaparición de espada local José Antonio Valencia. Lo ha hecho con tintes claroscuros, pues el que abrió lidia ordinaria le supo arrancar una oreja a base de su entrega, disposición y veteranía, que nunca se pierde con el pasar de los años. Faena esta, basada sobre la variedad de su muleta, la ligereza de pies y en especial, fácil y rápida conexión con el tendido.

Su segundo acto si vendría a reconfirmar que los años en el toro no vienen en vano. Pasó por ambas manos un toro que le exigió en la medida de su parado recorrido y paulatino desarrollo de sentido, siempre encimista. La brevedad con la que se lo quitó de en medio, se le agradece, siendo silenciado. En fin, una reaparición sin mucha estridencias, con un futuro serio por dilucidar.

Fandi se encontró en primer lugar un toro, que desde su misma salida había anunciado intenciones. Bravo y con largo recorrido por el lado derecho, el toro fue un vendaval de emoción, que exigió a un torero que le dejo ver en su dimensión justa, limitándole sangría en el caballo para dejarlo desahogar en rehiletes, donde se vino arriba en tres espectaculares pares, marca de la casa. Las tandas por la diestra fueron un compendio de mando y entrega por parte del torero, y celo y transmisión, de parte del toro. Una pena que dicha bravura no lo fuera completa, pues por el izquierdo, “jiribilla” era la que atesoraba, midiéndole en cada pase, hasta echárselo a los lomos. El espadazo ligeramente tendido, enfrió el ambiente, para de manera incomprensible el publico displicente no solicitara el apéndice que se guardo el Usía de turno, error que redimió en el sexto de la función, tras una labor infinitamente de menor importancia, a razón de ser valorada por la excesiva gesticulación y rodillazos que se permitió dejar en claro El Fandi ante un publico partidario a su efectismo. En esta ocasión, los asistente hicieron valer su derecho, por lo que, pese a la presión del segundo premio, el palco se mantuvo firme, dejando en la memoria una oreja de corte barato.

Alejandro Talavante volvía ha esta plaza después de dos temporadas de aquel estreno en esta plaza. Brillante actuación la que se ha armado Talavante ante el cuarto de la corrida, en recital de toreo a milímetros de su anatomía por ambos pitones, donde sacaría partido de la nobleza pastueña y andarina de un toro el cual lució más de lo que prometía. El fulminante espadazo que recetó, dio pie a una cerrada pañolada, para la concesión de las dos orejas, que luego en su segundo no pudo redituar, ante la mansedumbre desesperante del jabonero que pasaportó, atrincherado en tablas, donde pudo sacar algo de provecho.

José Luis Rodríguez se las vio en rejones abriendo plaza con un aquerenciado novillote, que le exigiría el carnet de veteranía que le hacen vender. La formalidad y ortodoxia de los rejones de castigo rayó en frialdad del público a lo hecho por el jinete, lo que hizo que pasara intrascendente en este acto. El rejón en los bajos y contrario dejo en silencio su primera actuación que luego repitió en el que cerro plaza, labor más centrada, con excesiva ayuda del peonaje para sacar de terrenos de tablas otro marrajo, el cual vendió cara las trabajadas farpas que le adornaron, no sin antes dar infinitas vueltas en una lidia densa, que se conjunto con un rejonazo de muerte efectivo, aliviándose en su colocación, para ser premiado con una generosa oreja.

Culmina así una temporada de toros en Valencia, con más pena que gloria, el cual se nutre de detalles aislados, muy poco para la calidad de cita que es esta, actualmente en horas bajas, dada la calidad de espectáculo presentado.


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Autor Hilo