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El sacrificio

Publicado por DonLibretas el 27/4/2010
El sacrificio
Ha soplado el viento en Aguascalientes, el sobrio discurso que José Tomás leyó el martes pasado sonó como premonición, como quien ante el notario firma un testamento.

Quienes somos aficionados al toro sabemos de la admiración del torero madrileño por la figura mítica de Manolete y el sábado 24 de abril casi se une a su ídolo en el lugar donde torea en compañía de Joselito el Gallo, Sánchez Mejía, Carmelo Pérez, El Yiyo, Paquirri y otros diestros cuyos nombres escapan a la red de agujeros en que se convierte la memoria, todos ellos muertos a consecuencia de cornadas. Alguien una vez dijo a Belmonte, otro gran revolucionario del toreo “maestro, sólo le falta morir de una cornada” o algo parecido, a lo que el llamado “Pasmo de Triana” contestó: “Se hace lo que se puede”.

El toreo de José Tomás de alguna manera anunciaba un incidente como el sucedido en Aguascalientes en la segunda corrida de la feria 2010. Ya en su primer toro hizo vibrar a los tendidos en una faena de las suyas, llenas de quietud y de emoción. A su lado los alternantes se opacaron como frente a un vestido con luces deslumbrantes. El juez premió con una mezquina oreja la faena por la que el público pedía una mayor recompensa.

No obstante, José Tomas paseo el auricular como si presumiera una corona, con la grandeza de su humildad iluminando su sonrisa sobria y con un dejo de tristeza. Pero hubo de salir el quinto de la tarde, el que se supone nunca es malo, para que nuestro sueño de una gran tarde se convirtiera en pesadilla. Una noche antes encontramos en uno de los lugares alegres de la feria a don Pepe Garfias, ganadero de De Santiago el hierro que esperaba en los corrales de la plaza el llamado de la historia, se le veía feliz y seguro del juego que darían sus bureles. No lo vimos después del percance, pero un amigo que vio todo desde muy cerca del palco de ganaderos me asegura que después de la cornada se le veía triste y apenado, con la cara del padre que sabe que su hijo ha cometido una falta grave.

El toro nunca es culpable, no al menos de la manera en que los humanos los somos, es un animal criado para transmitir peligro y la emoción que sentimos ante este peligro superado y resuelto; pero los cuernos son, a fin de cuentas una arma poderosa frente a la fragilidad de la carne humana y los de este toro lo fueron. José Tomás no enmienda terrenos para protegerse, su muleta se sabe fuerte y poderosa, pero el toro se volvió en un palmo de terreno cogiéndole sin remedio y sí con letal puntería. Al momento de rodar por la arena y teñirla con su sangre todos sabíamos que la cornada era grande.

La gente que viste de luces es solidaria con el compañero herido y prontamente fue levantado el diestro caído, quien fue marcando con abundante sangre el camino a la enfermería. Todo era angustia en la plaza, nadie consideró lo que pasó después, no como Rafael Ortega mató al toro el dolor.

En la plaza estaba presente Joaquín Sabina, quien quería rematar lo que se supondría una gran tarde invitando a su concierto en la recoleta y antigua plaza de San Marcos a su amigo el matador. Como sucede también con los toreros el cantautor hubo de cumplir con el público y disfrazar su pena con la sonrisa de los escenarios.

Al principio de su presentación escuchamos su voz quebrarse de tristeza. El lugar donde se escuchó su música le recordaba seguramente el lugar donde escasas dos horas antes cayó herido su amigo del alma, pero el espectáculo debe continuar y así fue. Aun ahora, mientras tecleo estas líneas nos se sabe con certeza las consecuencias que tenga en la vida taurina del “Príncipe de Galapagar” al que esperamos que Dios le eche el capote y le haga el quite salvador. Se torea como se es y esto, usted y yo lo sabemos, es lo que hace de José Tomás una leyenda del toreo.

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Autor Hilo
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