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La importancia de llamarse Silveti

Publicado por El Vito el 27/3/2017
La importancia de llamarse Silveti
[El Vito] Ha sido Juan Silveti el personaje más importante de los que haya conocido en mis 40 años de periodista taurino.

Hombre de desbordante personalidad, carácter y jovialidad que le convertían, donde estuviera y ante quien lo hiciera, en centro de atención.

Fue en la temporada de 1980 en Caracas cuando le conocí. Representaba a su hijo David, quien debutó en el Nuevo Circo ante toros de Reyes Huerta el 14 de septiembre acompañando en el cartel a David el salmantino Julio Robles, que también se estrenaba en la arena de San Agustín, y el torero de Tovar Nerio Ramírez “El Tovareño”.

Aquella tarde fue de gran importancia para el torero venezolano, “El Tovareño”, pues le realizó un trasteo memorable al toro “Rumboso” de Reyes Huerta, mereciendo el perdón de la vida del noble astado. Juan Silveti por su amistad con Abraham Ortega se convirtió en el encargado de velar por el toro por don Reyes Huerta Velazco, propietario y representante de la ganadería poblana de Reyes Huerta.

Por aquellos días la efervescencia del caldo de la cría del toro de lidia en Venezuelan estaba en plena ebullición. Varios criadores hicieron ofertas porque pretendían que el noble astado mexicano, cubriera sus vacas en suelo venezolano. Noble toro al que curaron los veterinarios de la plaza de toros, bajo la atención de Juan Silveti

Poco amigable ha sido la zona de San Agustín en Caracas, donde está enclavada la plaza de toros. Silveti era huésped del Hotel Tampa, en Sabana Grande, pero no quería apartarse de los corrales donde “Rumboso” se recuperaba de las heridas sufridas por los puyazos de las varas y las banderillas. Al llegar la noche y por sugerencia del fotógrafo taurino de Meridiano, “El Chino” Félix Castillo, nos dirigimos a la playa del Mercado de Quinta Crespo donde podíamos satisfacer la exigencia gastronómica de Juan, que manifestaba su deseo de comer un Mondongo caraqueño.

-Los he comido de todas las formas posibles -nos decía-, desde Los Cayos a la Madrileña, hasta la más diversa variedad que te puedas imaginar en un sitio cercano al rancho que se llama La Piedad.

Aquella fue la primera de varias noches que nos reunimos, en la playa del Mercado de Quinta Crespo para comer, charlar y, en especial, escuchar el relato de aquella maravillosa vida de Juan Silveti. Por la mañana al Frontón Jai Alai del Centro Vasco en El Paraiso. Nos acompañaba su hijo David con quien hicimos una muy estrecha amistad. David se quedaba con el grupo, donde por aquellos días recuerdo a los madrileños Antoñete y Manolo Escudero. Ya de tarde nos reuníamos en casa de los hermanos Campuzano, en Los Cuchilleros, centro de reunión de taurinos muy importantes y ganaderos.

Ahí comenzó todo. Surgió la amistad con Curro Girón y El Niño de la Capea, contactos como los de Sebastián González y Hugo Domingo Molina en Venezuela y Manolo Chopera, y Manolo Lozano en España, quienes más tarde, serían piezas importantes en la vida profesional de David.

Juan cuidada como las perlas de la Virgen al toro de Reyes Huerta, que al final negoció por 25 mil dólares al ganadero Fabio Grisolía de la ganadería de La Carbonera.

Las circunstancias que nos rodearon, las reuniones, los largos viajes a Mérida, Valencia, Barquisimeto, Carora… Unos a cumplir con los compromisos de David y otros a los tentaderos de Los Aránguez ,con Alberto Ramírez Avendaño que logró intimar con Juan Silveti por medio de su buena cata del Ron venezolano. -El que me gusta es el Bacardí, decía El Tigre, porque es tan malo que es muy difícil corromperlo, y así puedes beberlo sin preocupación de que lo hayan alterado.

Aquellas noches en La playa del Mercado, las tertulias en Cuchilleros, y luego los viajes por las muy queridas tierras mexicanas, fueron desglosando, una a una, las páginas en la vida de un ser excepcional. Aunque siempre se le tuvo como una prolongación del legendario Tigre de Guanajuato, Juan Silveti Mañón, en su niñez y primera juventud, aparte de la admiración hacia un ser de excepción, Juan no tuvo la relación que muchos creyeron ver entre los dos Juanes, Juan sin Miedo y Juanito. El padre, todo un personaje del México que olía a pólvora, el hijo, abrazado a la modernidad fue un vínculo viviente entre el esplendor del toreo en su más elevado grado y el reto mexicano que como un caudal riega su sangre mexicana.

Hizo una relación muy afectiva con Raúl Izquierdo, el siempre recordado Compadre.

Coincidían en sus “Albures”, la jugada y los gallos.

Su personalidad mundana comenzó con Juan antes que le encaminaran por los estudios de Arquitectura en la Universidad. Sin embargo la imagen del padre, su leyenda, el mito que pateaba valores le estimuló a convertir en inflexión esa posición de segundón que jamás pretendió heredar. Y no la heredaría porque exaltaría los valores artísticos de la expresión taurina en lo que Juan Silveti Reynoso convertiría, más adelante, su brillante carrera y su aporte a la hermosa fiesta de los toros en la mexicanidad integral de el mismo, como personaje importante y decisorio además de influyente en los toros de México.

Nacido en el año de 1929, en la Calzada de Guadalupe 39. Juan Silveti realizó estudios en el Gordon College y en el Liceo Franco Mexicano, forjadores de su personalidad y que le indujeron a encaminar su preparación hacia los estudios de Arquitectura. Los que no continuó, pues desde que a los 16 años debutó en Aguascalientes, en un festival con Mario Moreno Cantinflas y el Chatito Mora, sólo pensaba en ser torero como torero había sido su padre, el legendario Tigre de Guanajuato.

Llegó a la Plaza México en julio de 1949, con una corrida de Piedras Negras, gracias a la ayuda que recibiera de los ganaderos del histórico hierro, Romárico y Raúl González. Lo hizo Juan, su presentación en México, junto a dos toreros que en el camino de su vida serían amigos muy queridos y compañeros en la aventura de su espectacular existencia: Curro Ortega y Rafael García. Pasados diez años llegó la alternativa con toros de Las Laguna, de manos de Fermín Rivera y del lusitano Manolo dos Santos.

No era torero para aquel México que le confundía con los arrestos de su padre, obnubilando su arte verdadero e inteligencia para la lidia, la que siempre recomendaba apoyar en la representación histriónica, aunque él hizo buena parte del camino por los senderos tlaxcaltecas de aquellas estepas pulqueras donde están sembradas las divisas que su gloria, la gloria de Juan Silveti, exaltarían como ocurrió con Piedras Negras, La Laguna, Coaxamalucan, Zacatepec y la Zotoluca, y como Juan Silveti ha sido en la vida cualquier cosa, menos pendejo, se subió al coche de la vida y se marchó a España cuando en 1951 se arregló lo del pleito de los toreros, siendo el primer torero mexicano contratado para actuar en España. Primero lo hizo en Barcelona, el 25 de febrero con Antonio Caro y Rafael Llorente con toros de Marcelino Rodríguez. Su presencia en la Ciudad Condal provocó manifestaciones de aprecio que se desbordaron en un recibimiento de lujo. Luego fue a Beziers, Francia, el Domingo de Resurrección a Sevilla, y luego a Madrid, a la plaza de Las Ventas donde confirmó su
doctorado con toros de Sánchez Cobaleda.

Reía, mientras encendía un pitillo Raleigh, cuando relataba aquellos días sus experiencias, o respondía la pregunta de si le había costado “acoplarse al toro español”. Y tenía razón para reír, pues en 25 de mayo de 1952 tras apoteosis en Las Ventas, Juan Silveti abrió la puerta grande para salir hasta más allá de la Calle de Alcalá por el éxito logrado ante los toros de Pablo Romero en la Monumental.

Mientras salía en hombros, Raúl Acha Rovira y Pablo Lozano, estaban en la enfermería.

Juan Silveti se hizo la luz de las marquesinas, porque aquel día Madrid descubrió en él su valor, su arte y su maestría al domeñar los cuatro toros de la terrible divisa sevillana, a los que les cortó cuatro orejas y diera una vuelta al ruedo.

Era mucha la tela del relato en la que se cruzaban personalidades de la política, el mundo de la diplomacia y figurones del toreo como Luis Miguel y Ordóñez que se hablaban de tu con Juan. Y lo hicieron siempre, porque Juan Silveti los ponía en su sitio como torero, y exigía su propio sitio como persona. El triunfo ante los pablorromeros los metió de cabeza en la historia grande de la Fiesta, repitiendo el 12 de octubre con Antonio Bienvenida y Manolo Carmona, triunfando en la Maestranza de Sevilla con una corrida de Guardiola en 1954 cuando le cortó las dos orejas a un toro.

Dato poco conocido por los aficionados venezolanos es que Juan Silveti el 5 de octubre de 1952 toreó en Sevilla, u festival con Manolo Carmona y César Girón. Festejo organizado por Fernando Gago, apoderado de César , quien por medio de Andrés Gago le solicitó a Juan participara en este festival organizado para la preparación del novillero caraqueño que aún no había matado una res en España. Al tiempo, pues el 4 de diciembre de 1955 Juan Silveti toreó en el Nuevo Circo con César Girón. Les acompañó en el cartel Paco Mendes, aquel grandioso torero portugués. La corrida fue de Pastejé, entonces propiedad de Carlos Arruza. Girón costó orejas y rabo, y un rabo cortó Juan Silveti, mientras que el portugués llenó la plaza de torería para que los tres salieran a hombros de la multitud.

América no le fue esquiva, pues en Lima fue por dos corridas contratadas para la temporada de Acho. Una tarde lidió toros colombianos de Mondoñedo, cortando orejas junto a Antonio Bienvenida y Juan Montero. Su universalidad consta en acta que es el cartel de Orán, Marruecos francés en 1954, o en las arenas francesas de Nimes y de Arles.

Fue gracias a la amistad, el afecto y el cariño hacia Juan que conocí a sus hijos David y Alejandro, hijos de la unión con la muy apreciada Doreen Barry, dama inglesa que Juan conoció en Madrid. Más tarde a su nieto Diego.

Con David me unió una amistad muy especial y estrecha, ya que en él descubrí una dimensión desconocida por mí en los seres humanos. Como torero David, ha sido un torero para toreros. Valga la expresión para señalar lo extraordinario en la interpretación del profesional. En Alejandro hay un caudal de profesionalismo que tiene su fuente en la vertiente de su padre. Es y ha sido Alejandro Silveti un profesional de excepcional integridad y dimensión, que le ha dado un giro importante al profesionalismo del taurino en México y también en América.

Hoy defiende lo que Juan Silveti ha sido, y seguirá siendo en el mundo de los toros, su nieto Diego. Ha sido Diego su motivo de orgullo más apasionado, la prolongación de David y de Alejandro en diversas expresiones. Es Diego lo que Juan quiso que fuera el toreo en su pureza.

Creo que habiéndole conocido y con él compartido por más de 40 años, Juan Silveti es el personaje más importante que haya conocido en este mar sembrado de genialidades que es la Fiesta de los Toros.

Hay constancia de la importancia de llamarse Silveti, como dijera un fraterno silvetista como lo fuera Jorge Cuesta.

¡Ahí nos vemos, Maestro!




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Autor Hilo