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El Imperio Siempre Contraataca – Encore Capitalino de Enrique Ponce

Publicado por Luis Eduardo Maya el 19/1/2015
El Imperio Siempre Contraataca – Encore Capitalino de Enrique Ponce
[Eduardo Maya] La vuelta de Enrique Ponce, auténtico emperador del toreo en nuestro tiempo, a la Plaza México trae la acostumbrada polémica.

Solo que esta vez la controversia se vuelve tópico y devela que la auténtica afición de México existe pero convive con una joven, incipiente y desorientada partida que solo el tiempo y la buena conducción podrá hacerla valorar en el mediano plazo una faena como la realizada al segundo de la tarde en que la ganadería de Teófilo Gómez falla en tarde tan señalada por sus feas hechuras y deficiente juego.

Se escurre todo intento de Emiliano Gamero con la mansedumbre del primero.

Ese hace ver que el capitalino merece un mejor sitio, dos toros por ejemplo. Y temple. Emiliano tiene que parar a un toro que dobla contrario que nada quiere saber de la jaca, la garrocha de salida resulta ineficaz. Requiere acercarse al toro, imposible doblarse o fijarle pero como el toreo –incluso a caballo- inicia cuando el toro para, Gamero pega dos rejones y tres banderillas que hacen al manso rancho seco arrear.

Entonces le persigue y cuando cabalga por las tablas la gente se emociona pero no termina Gamero por redondear, pese a dos piruetas. Hace falta cercanía y despaciosidad pero lo cierto es que el torero a cada actuación que pasa progresa y requiere espacio, un toro mejor y tiempo. El único juez supremo de los toreros.

Y un rejón de muerte, Emiliano pincha otra vez y, de nuevo, solo queda en palmas.

Mismas que recibe Juan Pablo Llaguno tras confirmar con un toro ideal para la ceremonia. Y a este le para a pies juntos y encuentra en la muleta todo lo que no ha hecho en los primeros tercios: fijeza, nobleza, recorrido, aun falto de fuerza. El inicio muestra al toro pedir los medios , Llaguno los concede, sujeta y manda con la zurda.

Ahí se regodea.

Prosigue y liga derechazos, emociona, hay fuertes palmas pero deja suelto el cabo del tercio y el toro va a las rayas bajo la Porra. Dilata en ligar y el declive llega hasta pinchar. Se prorroga con el sexto, discreto de presencia, silencioso de inicio pero con un buen pitón derecho, doble desarme al confirmante a quien el compromiso parece pesar.

Pero esperemos. Roma no se construyó en una hora.

Años. Siglos. Podemos decir que toda la dialéctica técnica y constitutiva del arte del toreo o de la historia del enfrentamiento entre hombres y toros se resumen en la cabeza de Enrique Ponce, una especie de emperador moderno: estado y gobierno en su toreo son régimen de mando absoluto al que somete a su oponente, sobre quien es capaz de imponer su privilegiada cabeza.

El irredento de salida castaño segundo se encuentra que para huir primero tiene que derribar la verticalísima columna del lance a pies juntos. Ya que no tiene ganas ni clase suficiente para tomar la verónica, Ponce ajusta alturas y cierra el compás: cada capotazo es fantástico, técnica y estéticamente, ordena despacioso, desdeña y evita el cabezazo, remata saleroso en airosa rebolera cerca del toril, terreno preferido del toro.

Las cosas de Palacio van despacio. Siempre. Pero ante la vuelta contraria, buscar la salida al caballo de la querencia, un oportuno capotazo de Jorge Luna devuelve al castaño que escapa de nuevo, la tendencia a evitar cualquier pelea no puede tener otra condición mas que la mansedumbre. Así ha sido con las telas y con el caballo.
Tras puyazo, el quite es el estudio exacto y la composición que la verónica anunciada de salida brinda consigo: muestra el pitón izquierdo áspero y la cara alta en el otro. Solo la rebolera enseña existe largueza en el toro por el lado derecho.

Toda la corrida busca huir hacia la Puerta de Arrastre, este castaño busca el toril. Tardea, se autocoloca el freno de mano y entonces Enrique aventaja el muletazo por bajo hasta avanzar a los medios, genuflexo con cambio de mano por bajo incluido y uno de pecho que apunta el sitio elegido, entre la boca de riego y las rayas del tercio.

Y si el veleto quiere huir, Ponce le impide salir de la muleta, somete con la derecha, acaricia pero obliga, sin derrumbar o dejar de poderle a media altura irresistible, vertical y serena, ordenadora de la embestida para darse a torear en nueva tanda que el toro orienta hacia el toril. Inteligente, magnánimo, Ponce evita la trampa y detiene el pase de pecho hacia el toril. Imposible pensarlo.

El trincherazo a los medios abre la tanda que cierra con cambio de mano a la izquierda. Y de ahí que el molinete y el cambio de mano iniciaran la tanda al natural enganchada de inicio con ese calamocheo, la cabeza a las nubes y la reserva del toro por el pitón zurdo que en el remate le hace tomar el camino del toril.

Entonces la mejor versión de Enrique aparece. A pesar de que el castaño está en tendencia mansa y hacia su querencia, la raza le aflora con la altura y el trapo al frente, se encela porque el temple llega y el domino absoluto rompe el molde en la mejor tanda de la faena, a hierro vivo, al rojo quemante de la embestida que rebrinca y protesta puntillosamente, la hipnosis muleteril le receta siete pases y el de pecho de asombro.

La entrega y el grito de “¡Torero!”es el resultado.

Y la intensidad de La México, del toreo ligado hacen al toro rascar y protestar, tanto que osa enganchar a quien le ha empujado a ser mejor y distinto. Por ello, la poncina es algo más que un adorno. Solo la cortedad de visión y quizá de taurinismo puede hacer pensar que el personal muletazo poncista es un ornato, ayer es principal. No nos extrañe, lo mismo se decía del natural rodilla en tierra garcista.

Resulta que la poncina es el sello del imperio. Impone, instaura para siempre el mando del torero, la facultad del impero poncista se proclama por bajo, circular, con la derecha en tres muletazos genuflexos, uno ligado, que dominan y muestran al de tabaco y oro como soberano absoluto de la pugna taurómaca. Si el castaño sale a guerrear más que a pelear y protestar por carecer de mejor y más amplio fondo, Ponce sale a dominar.

Simplemente.

Aun taurinamente postrado se ha puesto protestón. Enrique le toma el tributo en firmazo maravilloso y el enésimo cambio de mano por bajo y por pitón izquierdo para el recuerdo. De ahí que el rumor, el desafecto al régimen, se exprese con la “falta” de toreo, no irónicamente, izquierdista. Para ello está la última fase de la faena, con el toro que rebana y el torero que empuja la suerte con la zurda se encamina a nueva tanda derechista a un imposible cambio de mano que abre los adornos.

Sí, con la izquierda. Como grita el paisanaje.

Todavía, el final alternado, en tablas deja la puerta abierta a dos naturales ligados donde el toro ha cedido pero donde –nunca abandona esa condición- tiende la última tanda: engolosinar al torero. Ponce, naturalmente, no cae en el garlito y en la suerte contraria el volapié desprendido trae las dos orejas de imperial jurisdicción. Dudar sería hacer lo que el feo quinto. Y quitarlo de encima es lo que procede.
Así hace Enrique Ponce que retoma el camino y manda sobre lo que ha sido suyo siempre: embestidas y pitones, partidarios y desafectos.

Como todo Imperio.

El tiempo de Juan Pablo Sánchez es aquí y ahora.

Sin importar que el tercero, espantoso de cuerna tenga fondo minúsculo. O el quinto con el que se lo juega hasta el punto de hacerlo pasar pese a su falta de fuerza, en plenos medios y con largueza. Peor ha sido con el terrible sobrero de regalo. Feo de mucha cabeza pero de poca, muy poca, fuerza, deja a Juan Pablo con poco que contestar.

Falla en el quinto con la espada.

Falla el de regalo con él.

Pero aun así. La fuerza de la voluntad, del temple, del espacio que requiere la embestida para progresar, el valor y la tremenda capacidad de ajustar alturas colocan a Juan Pablo en el privilegio de tirar del toro cuando este se queda, como dice una gran aficionada paisana del torero: “Aguantar el paso a pasito, cuesta una barbaridad. Tardaba enormidades en pasar y en esa eternidad pueden pasar todas las cosas.”

Y es cierto.

Los toreros con más temple son los de mayor valor, casi le cuesta a Juan Pablo la voltereta cuando se frena. Nada detiene el torrente de temple. Nada solo la espada. Aun así, la oreja llega por que ha dado el pecho se ha pasado por el pitón derecho que no salido como en sus dos primeros turnos y así, siempre es mejor.

Afortunadamente, mando y temple, dos cualidades supremas no basta para formar, taurinamente un imperio, facultad de someter de incluso hacer uso de la fuerza.

En el toreo la caricia, el temple, la acompaña, la sostiene el mando, la imposición. Aun cuando los soberanos declinan, inician su paso o abdican.

O peor aun, cuando retornan.

Texto: @CaballoNegroII.

RESUMEN DEL FESTEJO.

Plaza México. Temporada Grande 2014-2015. Domingo, 18 de Enero de 2015. Décima Tercera Corrida de Derecho de Apartado. Menos de Dos tercios de Plaza en tarde fresca, despejada y con viento en diversos pasajes de la lidia, frío al final.

8 Toros, 1 de Rancho Seco (Divisa Caña y Rojo) para rejones. Alto y largo, estrecho y manso desde salida; y 7 de Teófilo Gómez (Divisa Azul Cielo, Blanco y Plomo) el séptimo lidiado como sobrero de regalo. Dispareja de presentación, de feas hechuras tercero, cuarto, quinto y el sobrero. Bonito el lote del tercer espada y el castaño segundo de lidia ordinaria. Mansos en general. Peligroso el cuarto, débil el lote y el de regalo del segundo espada. Con nobleza el primero y recorrido el sexto. Manso encastado con tendencia al toril que dobló contrario desde su salida y homenajeado, por tanto, injustamente con el Arrastre Lento.

El Rejoneador Emiliano Gamero, Palmas. Enrique Ponce (Tabaco y Oro) Dos Orejas y Silencio. Juan Pablo Sánchez (Nazareno y Oro) Silencio, Saludos desde los Medios y Oreja en el de regalo. Juan Pablo Llaguno (Verde Manzana y Oro) que confirma la alternativa, Leves Palmas y Silencio.

El tercer espada confirmó la alternativa con el toro número 87 de la ganadería titular, nombrado “Pirulero” de 485 kilogramos: entrepelado bragado, meleno y listón, delantero y vuelto de pitones.

Destacan a pie Gustavo Campos y Jorge Luna en banderillas.



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Autor Hilo