En el magnífico libro de mi dilecta amiga, la escritora española Carmen Esteban:Lupe, el Sino de Manolete, encontramos una espléndeida investigación sobre el tema.

En la página 201 la siguiente referencia:

“Lupe seguía sedada en la habitación contigua a la de Manolete, el cual, tras aprobar el doctor Tamames y su equipo la intervención de los doctores Garrido y Corzo, descansaba, al haberse logrado normalizar sus constantes vitales“.

Unas páginas adelante, entre la 203 a las 204, encontramos:

“Afirma el propio doctor Corzo, sin pelos en la lengua:

“Llegó Jiménez Guínea y ordenó a un compañero de su equipo que le hiciera una transfusión a Manolete. Me opuse rotundamente, advirtiéndole que podría rechazarla. Recuerdo que le dije a Garredo ‘Si le hacen la transfusión se lo cargan’. Y comunicamos a Jiménez Guínea nuestra oposición. Si no le hubieran puesto seguiría viviendo hoy.

“Jiménez Guinea y Garrido estaban en la habitación cintigua. Yo estaba (Julio Corzo) junto a Manolete viendo la transfusión que el ayudante de Jiménez Guinea le realizaba com un cardi. Estando poniéndosela dijo Manolete: ‘No veo, me duelen los riñones, me muero’, y se murió”.

Como recuerdo del inmenso torero cordobés, le recordaremos a través de las intensas letras vivas, que le dedicó el inolvidable poeta de la crónica taurina, el maestro Pepe Alameda:

Estás tan fijo ya, tan alejado,
que la mano del greco no podría
dar más profundidad, más lejanía
a tu sombra de mártir expoliado.

Te veo ante tu Dios, el toro al lado,
en un ruedo sin límites, sin día,
a ti qué eras una epifanía,
y hoy eres un estoque abandonado.

Bajo el hueso amarillo de la frente,
tus ojos ya sin ojos, sin deseo,
radiográfico, mítico, ascendente.

Fiel a ti mismo, de perfil te veo,
como ya te verás eternamente,
esqueleto inmutable del toreo.