Y mientras degustábamos su principezca actuación en el que cerró plaza, fue a cambiar caballo, se abrió de nuevo la puerta y apareció con un jamelgo imperial… bellísimo, y con un par de banderillas en su mano.

Como justo Ponciano Díaz lo hizo hace más de un siglo aquí en Madrid, Leonardo se dispuso hacer lo propio, fue vendiendo muy bien el par, con pintureras florituras que fueron llamando la atención de todos, y cuando ya estaba en la jurisdicción del toro y todos concentrados en él, manejando impecablemente a su cabalgadura, citó e impuso ese par de banderillas que levantó al cónclave reunido en La Ventas, para tributarle una ovación de gala, como admiración, reconocimiento y cariño.

Leonardo hace tiempo que ya es un extraordinario rejoneador, sólo que falta algo para que consiga su absoluta consagración. Es un torero clásico, su expresión tiene mucha finura, clase y calidad, pero… pero, algo hace falta para que se le dé su lugar que ha ganado a ley.

Me dijeron muchas voces insistentes, al finalizar el festejo, tras haber cortado otras dos orejas el joven Hernández, que habría que preguntarle a Diego Ventura por qué no se consagraba Leonardo, y yo les repuse azorado, mientras Leonardo salía victorioso por la Puerta Grande del coso titular del mundo… ¿a Diego?, si él anduvo quejándose públicamente de que Pablo lo paraba a pesar de sus salidas a hombros en Madrid; y me repusieron estentóreamente, ¡sí Pepe!… ¡sí!, ¡hay que preguntarle a Diego!

Vaya usted a saber entonces, lector amigo, pero de que Leonardo tiene todo para conquistar un primerísimo nivel de figura del toreo… inequívocamente que lo tiene todo.

Foto: las-ventas.com

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