En su primero cortó una oreja tras cátedra del arte de rejoneo, pero en su segundo, ha estado todavía, si cabe, mejor y ese acero… ese rejón de muerte le jugó una mala pasada.
¿Por no cortar orejas… no fue un festejo triunfal?
¡Claro que no!
Supongo que estamos más supeditados a lo que digan en las frías estadísticas, ese océano de orejas, y no a la calidad de las propuestas artísticas en el redondel, y eso no da claridad al entendimiento.
Alguien llega, corta como mínimo dos orejas que pueden ser una en cada ejemplar, y ya está la puerta abierta, aunque falte no sólo mucho, sino todo para justificar en la realidad que se es un gran torero.
Ya ven ustedes a, César Jiménez, cortó una oreja en cada ejemplar, tras faenas correctitas, pero ni por mucho grandilocuentes, y salió por una puerta grande, que nadie acabó entendiendo, sobre todo, por la flexibilidad, ya que, pareció más de esas puertas abatibles del lejano oeste, que la emblemática Puerta Grande del coso titular del mundo.
Pero no sólo ha estado bien Hermoso de Mendoza, sino un luchón Andrés Cartagena, y un incontenible, Leonardo Hernández hijo, quien también en su segundo ejemplar, lució y mucho, pero no estuvo fino con el acero, y todo quedó en el reconocimiento sonoro, merced a la ovación de gala que le tributaron los mojados aficionados que soportaban una tremenda tormenta.
Por lo anterior, sigo pensando que las orejas en más de una ocasión pueden conducirnos a un festejo triunfalista… sin fundamento; y hay festejos que a pesar de la falta de esas orejas, puede quedarse en el imborrable recuerdo, gracias a esas obras de imponente arte taurino.
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