Fernando Labastida: Silencio en ambos.
César Ibelles: Pitos y gran bronca.
Juan Pedro Moreno: Saludó en el tercio y palmas.

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Lo menos que se puede exigir… sí, EXIGIR a los jóvenes que vienen a comparecer a la Monumental Plaza de Toros México, es que asistan acompañados de una notable… ACTITUD; sin está, pasan desapercibidos, así toreen correctamente, pues al fin y al cabo no acaban diciendo nada ni siquiera para la inmediata posteridad, sobre todo cuando enfrentan un magnífico encierro como los novillos de la tarde que nos ocupa que procedieron de la ganadería de Pozohondo.

Llegó de Puebla vía Aguascalientes, un jovencito de nombre, Juan Pedro Moreno, que pasó lista de presente justamente con una loable actitud, y muy a pesar de su evidente novatez, consiguió los mejores momentos de la tarde con un lote que tuvo un novillo bueno, y otro extraordinario que cerró plaza y, en su arrastre hacia el cachetero, fue conducido con suma lentitud en medio de la cerrada ovación, por su notable juego en donde la casta y la bravura, así como la clase y la calidad fueron elementos que llevaron al novillo a tal premio.

Juan Pedro dejó momentos interesantes dejando ver argumentos verdes… sí, pero que avizoran un futuro importante, sí la disciplina y la concentración forman parte de su crecimiento y desarrollo profesional. De pronto y después de unas buenas verónicas aparecieron unas horrendas medias gaoneras, insistiendo en hacerlas como las hace José Tomás, cuando la belleza y congruencia del quite está en citar al astado hacer el farol y luego ponerse en posición de hacer el quite adelante por detrás.

Si también apareció en su primera comparecencia un certero espadazo para poder rubricar su inconsistente actuación, y a pesar de que algunos despistados pedían una orejilla que en nada le iba ayudar, más bien a desorientar, la serenidad del juez de plaza, Gilberto Ruiz Torres, le llevó acertadamente a no concederla.

Con el sexto, que fue extraordinario, fundamentalmente aparecieron una serie con la mano zurda en verdad estupendos, que no tuvieron continuación por la falta de experiencia del bisoño hidropoblano, dejando ir un novillo que era para una faena consagratoria, y que el poco bagaje del chico sólo pudo trazar poco pero buenos episodios.

Tanto de Fernando Labastida así como de César Ibelles, NADA… sí nada se puede relatar.

Fernando Labastida estuvo torpón fuera de sí, y con una notoria involución que le debe conducir de inmediato a la autocrítica para conocer de sus errores.

Y del joven César Ibelles, del que por órdenes imperiales de su padre no se le puede criticar, porque se puede ser víctima de sus amenazas… ¿qué decir?, sino quiere conocer la avasalladora verdad que muestra un joven NEGADO para esta profesión. Es mejor callar, y dejar que algún día el destino le haga encontrar la paz que requiere el espíritu, para comprender que sin la edificante autocrítica no se puede andar por la vida.

Como punto final, a este relato, debemos señalar que de nueva cuenta han dejado para el recuerdo los ganaderos, en este caso de Pozohondo un gran encierro, destacando primero, tercer, cuarto, quinto y sobre todo el sexto que tuvo los honores del arrastre lento. ¡Bien por los criadores del TORO BRAVO!

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