Nos cuesta trabajo asimilar una perdida tan grande, como amigo, como hermano, como hijo, como excelente padre y como el amor de mi vida.
Quisiera explicar todo lo que ahora divaga en mi mente, mi enojo, mi tristeza, el dolor que siente mi corazón ahora que no estas físicamente conmigo y con tus hijos, así como la alegría de haber aprovechado al máximo todos los momentos desde que te conocí.
Se que ese amor y esa ilusión de triunfar en tu carrera, se alentaba con el amor desmedido por tus hijos. Tu honradez en el ruedo fue la misma fuera de el, como hombre y como torero. De ojos que miran de frente, de saludo sincero y sencillo de corazón.
Bendigo a dios por que te diera la oportunidad aunque fuera por unas horas de cargar a tu hijo Iñaki y se que con esa alegría te fuiste.
Yo sabia en el fondo de mi corazón que tu estancia era corta y así lo acepte, fuimos construyendo con mucho amor, cada tercio de tu vida, pero como tu me explicaste muchas veces, que hay toreros que en el auge de una faena, en esas donde te sale un toro para cortarle el rabo, están tan extasiados con cada pase que le pierden la cara al toro y viene una voltereta. Así es la única manera de entender tu partida, estabas tan feliz en la faena de tu vida que le perdiste la cara al toro de la vida.
Pero como las grandes figuras, tu faena fue de rabo y tu vida fue de indulto, por lo que dejas en el corazón de cada persona que te quería, en el mió y en el de tus hijos, como lo que siempre fuiste un caballero y gran señor.
Me quedo con tu sonrisa grabada en mi alma, agradeciéndote el dejarme estos tres tesoros que cuidare como se que lo esperarías de mi.
Y como te lo decía cada noche. “que descanses corazón”.
Laura Fernández de Cevallos
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