Por fortuna, el mítico Tendido Siete, los implacables guardianes del respeto a la dignidad de la Fiesta, se lo hicieron notar al bondadoso presidente, gritándole estentóreamente… “¡IGNORANTE!

Y no se niega que el madrileño, César Jiménez, haya estado bien, pero una cosa es el entusiasmo desbordado de celebrar todo… lo bueno y lo malo, para hacer del triunfo un mero pasaje triunfalista; y otra cosa es la inobjetable entrega, que, a través de la inspiración, de la clase, de la calidad, de la refinada técnica… de la serena inteligencia, encienda el fuego de la pasión, merced a los intensos momentos escultóricos, que se van sucediendo en la grandilocuente obra de arte taurino.

Y en este festejo… NO hubo una grandilocuente obra de arte taurino.

Tuvo César un primer ejemplar que le permitió recrear bellos pasajes que gustaron al respetable, pases templados, con cadencia, y quizá en momentos faltos de ritmo, que por su sinceridad acabaron interesando, y después de una entera, se acabaría solicitando una oreja que a juicio de todos estuvo bien, porque no sólo motiva al torero, sino le proporciona oxígeno en su carrera para continuar.

Pero las segunda… sí, la segunda, fue la celebración navideña adelantada, o la felicitación del onomástico que no se festejó, porque si bien es cierto que ha sido una faena correcta, no estuvo a la altura de una obra de arte que conmueva… emocione… desquicie, y trascienda a la posteridad.

Por ello hicieron bien… muy bien, los señores del Tendido Siete, al hacerle notar al presidente, Trinidad López Pastor, que no está ahí para satisfacer sus preferencia, que no está ahí para premiar lo que sus gustos o aficiones le manden, sino para evaluar de forma inteligente, basada en el conocimiento, así como en la cultura sobre el tema, lo que ha sido la aportación del artista en turno, y si no existió aportación alguna, es mejor callar, que claudicar en aras de la devaluación del propio espectáculo.

Foto: las-ventas.com

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