De qué sirvieron el homenaje póstumo a las memorias de Pepe Chafick, Antonio Lomelín a diez años de su desaparición y del escritor Gabriel García Márquez.
La alianza Charros-Ganaderos de Bravo en favor de la Fiesta Brava, tras multicolor desfile.
Y qué decir del agradecimiento de Juan Luis Silis por la oración hidalguense en aras de vivir, cuando a un novel autoridad ponen en sus manos el peso de un festejo mixto, al valorar en paquete a un matador de toros, rejoneador y al novillero.
Y lo que es peor: qué culpa ha tenido el público de regresar a casa con sus propias emociones al no encontrar el desfogue catársico.
Todo empezó desde el sorteo por el abrirplaza: Novillero o rejoneador. Adolfo Espinoza pretendía iniciar con Pablo Hermoso de Mendoza, quien a tavés de sus dirigentes impuso el comienzo con Antonio Lomelín hijo. Todo ello trajo consigo el mal sabor de la venganza, en el cartel que cerrara Uriel Moreno “El Zapata”, en festejo Ponciano, a la usanza mexicana.
No obstante el habitual viento pachuqueño, Lomelín supo darle curso al enrazado novillo de Torreón de Cañas desde su ajustado quite por Chicuelinas y el correr a una mano al “Emperador” por parte del subalterno Juan Ramón Saldaña. Tandas cortas y lucido toreo por alto culminaron en soberbia estocada en todo lo alto.
Al unísono se agitaron los pañuelos blancos que no encontraron repercución en la valoración del juez. Mal empieza la semana… Lo que si quedó asentado es la herencia del manejo en espada y la vuelta al ruedo como premio de consolación.
Ya con el cierraplaza, Antonio asomó la mano izquierda en lucidos Naturales, pero ahora sí, falló con el acero hasta con el de cruceta perdiéndose en el silencio.
Los toros de Don Fernando de la Mora contribuyeron al espectáculo del caballero estellés, lo mismo al recorrer medio ruedo en celo pegado al anca que en el tercio de banderillas, cubierto con sus extraordinarias cabalgaduras. Sus cites de Poder a poder en terreno corto, sobre pasos bailadores brillan en ritmo y sincronía.
Que se le fue la mano con el rejón de muerte, indudable. Los más de cuatro mil asistentes lo constataron hasta sonorizar el abucheo, ante el segundo en el orden.
Ahora que frente al otro de Don Fernando, tan bravo como su hermano, las Piruetas giraron a 360 grados una tras otra. Fue tal la exposición de Hermoso de Mendoza que “Dalí” sufrió un puntazo en los cuartos traseros. El pinchazo en el primer viaje quedó cubierto con un rejonazo en la cruz.
Fulminante derrame sanguíneo confundió al juez, que tan campante escuchó un estruendoso recordatorio familiar al negar la premiación, ahogando el ánimo ambiental de quienes compran ilusiones, las valoran y no se las hacen efectivas por prolongadas que sean sus insistencias.
“El Zapata“ vive en reto con Pablo: Hermoso de Mendoza innova al realizar el toreo de a pie sobre el caballo y Uriel, quieriendo transportarlo sobre la arena como si fuera equino lusitano.
De capa sigue creando suertes, pero en banderillas cada vez más las afina. A su lote de Torreón de Cañas, bravo y buena presencia lo ha cubierto de lujo: Par Monumental, Violín y Violín al sesgo. Al quinto, Cuarteo, Quiebro al violín y Sesgo al violín. Y lo más extraordinario, Parar a cuerpo limpio, tras zigzagueantes pasos de corcel.
Al tercero llevó largo su catadura. Pinchazos y descabellos se quedaron en palmas.
Y al quinto en salida, tras dos pinchazos y entera, ya doblado el Uribense, el juez decretó una amonestación con sonido de aviso que confundió a todos. La protesta de asombro desencadenó que se incorporara el burel, tras el bocinazo a destiempo del chaval juez.
Será que desde arriba se ve otra fiesta. Es pregunta.
César Morales fue tumbado del caballo ante el nervio y fuerza Torreón de Cañas. Y cuando todo mundo pensaba que cobraría afrenta, montó el cabllo, tomó la vara y se dejó llegar a “Virrey” nada más para llenarse la mano de brava sangre. Honor a quien honor merece. Pacto de caballeros.
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