Fiel a la costumbre de ofrecer en cada festejo un extra, la empresa de Luis Marco Sirvent, se sacó de la manga la inclusión entre aspirantes de 12 a 13 años a un genial torero, Cristóbal Arenas “El Maletilla”, de notable intuición, natural expresión y sensibilidad a flor de piel para conquistar a los tres mil paladares que han hecho el lleno.
Ya antes se habían conjuntado en cartel al albaceteño Manuel Caballero, Arturo Macías y Joselito Adame o bien al de mañana en la México asomado por la ventana mexiquense de Santiago Cuatlalpan, Diego Emilio, Juan Pablo Llaguno y Antonio Mendoza.
Las misas rociera y guadalupana, exposición de doma a la alta escuela y la coreografía flamenca, pero al sorpresa de esta tarde ha sido extraordinaria. Cuando Sebastián Ibelles, Julián Garibay y Virgilio Murillo estaban en la lista de triunfadores al cortar respectiva oreja, junto al rejoneador de 19 años, Diego Cruz, haciendo lo propio, apareció Cristóbal.
Adueñado de los terrenos se recreó a la Verónica en lances al recibir a “Peque” en trazos más que perfectos, como aquel remate con la ondeante Rebolera. “Que Dios les bendiga por todo el apoyo que dan a la fiesta” al comprometer el brindis con la señora de Marco, Lucero.
Voz clara y sentimiento puro aguantaron la larga embestida en los medios al inicio de faena. Muletazo cambiado, ligados al de Pecho, otro Cambiado y de nuevo de Pecho el rítmico remate, entre estallidos olés. Era un radiante sol el redondel agrandando el templado toreo.
Colocación, envidiable sitio y frescura engarzaban Derechazos por los adentros cuando buscaba refugiarse el de La Cueva manteniendo el son de la embestida y aquello se iba al asombro. De pronto, aparecían Molinetes o aquella Trincherilla de pintura y Lacernistas en pinceladas.
Antes se decía: se ha emborrachado de tan bien torear; con el niño hidalguense Arenas ha aparecido el prodigio del toreo bueno. De ahí la entrega simbólica de premios, al regresar el bravo cierraplaza a corrales.
Ibelles sigue dando el estirón en estatura y toreo. Captó un buen lado izquierdo para firmar la lidiadora faena ante el complicado “Chavo”, firmando con poder la símbolica muerte que le ha redituado un apéndice.
Todo el lado contrario aprovechó Julián Garibay haciendo sonar los primeros olés de la soleada tarde al alternar quite por Gaoneras y Saltilleras, y su toreo en redondo dirigido por Alfredo Lomelí que le ha redituado la oreja de “Chiquillo”.
Ahora que la estructura más hecha la ha presentado el michoacano Virgilio Murillo, alumno de Jacobo Hernández, en limpias armonías con la capa y marcados trazos de muleta. Brindó a “Talín” y simuló matar recibiendo a cambio del apéndice.
Mario Aguilar se sintió en España y al impedir la pica, por aquello de festejos sin picadores, le dejó crudo el becerro a su hermano Miguel. No le hicieron sangre y tampoco acuso efecto de cuarteos, por lo que la faena resultó incipida, como su simbólica vuelta al ruedo.
Abrió plaza Diego Cruz. Buen toreo a la jineta, como el llevar templado a dos pistas al novillo de Ibarra, tras acertada base de parar. Banderillas en lo alto y después de un pinchazo, entera y oreja ganada, tras el único ejemplar lidiado a muerte.
Se podría aplicar aquello del diminutivo para calificar la obra de Cristóbal, sin embargo cuando prevalece la grandeza del toreo, las cosas se miden a su real dimensión. No solamente posee gracia torera, sino que el niño es torero por la gracia de Dios…Salió a hombros; más cerca de abrazar el cielo, hasta donde llevó el Don de su toreo.
En este “Maletilla” no hay balbuceos ni incipientes pasos. Lo suyo es recio, firme, por ahora.
Foto: Juan Manuel Cervantes.
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