La sabia frase pertenece a Chucho Arroyo. Es como citar un orgulloso pregón al ver la inagotable fuente de chiquillos que de cualquier parte de la república surgen; todos fincan bases.
Al ponerse en marcha el serial en la plaza del buen Don Jesús, es asombroso admirar al niño de ocho años que los de 14 de edad, con esa hambre de toro, desenvolverse con naturalidad dentro de un traje corto y dar rienda suelta a la imaginación.
Esta vez un encierro, sin culminación con la espada, de erales nada fácil, cuatro, y el becerro de salida, pertenecientes a Pepe Arroyo.
El niño Cristobal Casas dio la primera vuelta al ruedo. Y por ese camino Sebastián Ibelles, Manuel Martínez, Virgilio Murillo y Alberto Rangel recibieron la ovación de unos 150 aficionados.
Hasta once Verónicas de recibo instrumentó Cristobal, de ellas, tres bien marcadas. En su quite por Gaoneras se ganó la simpatía ambiental y a tomar los medios, su fuerte en los inicios de faena para cambiar las embestidas. Gusta del tirón alternado y en el Desdén y Joselillinas prende.
Un manso, paulatinamente se fue entregando al poder de Sebastián Ibelles, tras bregarlo. En la faena de desengaño fue intercalando exquisitas pinceladas con sus Cambios de mano, Trincherazos y Desdén. La serenidad y claro en ideas prevalecieron para apludirle fuerte.
Tenso empezó Manuel Martínez. Pero la primera lección del picador Carlos Domínguez, al prender en lo alto sujetando, acusó efecto bueno y hubo asomo de temple y carácter, sobre todo con la mano izquierda. Una estampada en tablas le provocó hematoma en la axila izquierda, pero el gusto nadie se lo quita.
A porta gayola recibió Virgilio Murillo el genio de “Pellizco” imponiendo reflejos para librar arrollones. Sus lances fueron destrocadores y su faena tuvo buenos detalles en el toreo por alto.
El espectáculo del primer tercio vino nuevamente en la monta, rienda y asentamiento de Carlos Domínguez al picar, torear y corear en la suerte de varas. Agarrarse si enmendar, tomar los lados para mantener en redondo la acción al tiempo en que le cantaba al pepearroyano.
Entonces, Alberto Rangel, apuntó su toreo de muleta con intuición torera. Logra los primeros compaces dando la sensación de completarlos con el cuerpo. Eso tiene un gran mérito ante la bravura del toro del festejo. Una tanda por cada lado entre varias tuvo brillantés.
Esas piedras descubiertas por Chucho Arroyo pueden pulirse hasta alcanzar la finura. Ya tienen el aderezo musical del mariachi para hacer vivir la expresión que traen por dentro.
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