Un día similar a esta alcanzaría su mayor logro: Su joya de ébano, José María Luévano, se convertía en matador de toros, en León, de manos de Miguel “Armillita” con un astado de Carranco.
Cinco años de arduo y fervoroso trabajo encontraban culminación en José Luis Ramírez. Sin rencor alguno y sabedor de sus alcances entregaba el poder a otras manos en busca del encumbramiento; el camino ya tomaba rumbo.
Esas bases del “Padrino” eran firmes, sólidas, sólamente faltaba explotar la inspiración moruna. Ello lo entendieron en la casa ganadera de Don Teófilo Gómez; San Juan del Río era la siguiente parada tras el Aguascalientes de ambos.
Encaminado al crecimiento pasó Chema a la casa “Armilla” de José Manuel, que en los años 90 le sobraban firmas para representar toreros, era el apoderado de moda.
Pero a Don José Luis le sobraba impulso para seguir proyectando chavales. Ya lo dice Conchita Cintrón en su Por qué Vuelven los Toreros…
El gusto por los toros se transforma en veneno. El sabía que jamás le darían la Monumental, pero los alrededores los hizo suyos para organizar festejos, más pensando en promover la torería que en ganar dinero.
Un año de anticipación le llevó contratar a Pablo Hermoso de Mendoza para actuar en la frontera hidrocálida, pero se dio ese gusto de empresario grande.
Frausto y Alejandro López le van a extrañar, como muchos de nosotros entraremos en la añoranza. Nunca más como ahora vale el inicio de carta: Estimado y querido amigo.
…”Porque de la fiesta nunca se van”; respuesta Cintrón.
Ese 20 de enero: doctorado de Luévano; despedida del “Padrino”. De nueva cuenta se vuelven a reunir. Se van de este mundo, no de la fiesta.
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