Torero que acostumbra emocionar por su entrega y clara disposición en cada toro, al extremo que lo llaman “El rey Arturo”.

La tarde del 28 de mayo en Madrid, viendo la entrega de Saldívar, viajamos en el tiempo a aquellas temporadas que relataron en las páginas de la Lidia y La Fiesta plumas grandiosas como la de don Carlos Cuesta o Carlos Septien en El Universal, cuando Cañitas, Liceága, Fermín Rivera, toreros del pelotón de la retaguardia invasora de toreros mexicanos, liderados por el Gran Mariscal Armillita, salían cada tarde como salía Carlos Arruza, y como hoy sale Arturo Saldívar, a darlo todo. A entregarse en disposición de triunfo, no con actitud de suicidio.

Ese cite en los medios del gigantesco anillo venteño, de hinojos y retrechero, de indiscutible torero macho, de espada mexicano anunció que los tendidos tendrían su buena dosis de emotividad. El burraco galopó, entregado en busca de su presa que le embarcó con el engaño hasta cuatro veces para, de rodillas aún, rematar con el de pecho. El toro, espectacular, no cabe duda. Todo que repetía, pero de cortas embestidas y salidas con la cara alta. Era una fiera, como son los toros bravos de El Ventorrillo, pero no un asesino. Un triunfo de Ley, el de Arturo Saldívar, que llena de gusto y de ilusión muy merecida al siempre recordado y muy querido México.

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