No pudo ser, no por otra cosa que no fueran los animales que por más que se les rogó no quisieron poner de su parte. Fueron seis pequeños ‘nanditos’ los que tomaron turno para saltar uno a uno a la arena de La México a no embestir; y el único que más o menos tenía algo para ofrecer se fue al destazadero mal aprovechado.
Sin novedad en el frente para Eulalio López El Zotoluco, que sorteó con el mejor burel, pero sigue con su toreo de alto amperaje y poquito ‘punch’, con el pico y echando al toro afuera y lejos; aunque con el suficiente temple como para transmitir a los tendidos de la México. Insufrible con los aceros y no pasó nada más.
Julián López El Juli, a pesar de que todavía nos queda en la retina el par de faenas que nos regaló hace un año, tuvo todo en contra: viento, frío, lluvia, toros, villamelones y muchos reventadores. A pesar de esto, Julián se pegó un arrimón y sacó la poquita agua que tenían las piedras a base de riñones, conocimiento y mucho valor. Tampoco afiló sus estoques ni afinó su puntería a la hora de matar, dándole tela de dónde cortar a los reventadores, que minoritariamente le pitaron una más que decorosa actuación.
El que sí afiló sus armas fue Barranqueño, corrido en tercer lugar y que hirió Juan Pablo Sánchez, quien además de presumir pasmosa técnica, le puso gallardía y mucho corazón, sin confundirlo con tremendismo. Y es que después de haber recibido una cornada y sentirse inmediatamente tocado, en lugar de tirarse al suelo y jugarle al drama, pidió un torniquete, regresó a la cara del toro y le sacó dos tandas valiosísimas hasta que ya no pudo más. Eso es jugársela. No hizo aspavientos ni pegó de gritos. Pues es que en esto del toro, hasta para ser herido hay que tener algo de clase.
Basta de excusas, señores. La fiesta de toros requiere de casta, y si no la ponen los toros, son los toreros quienes tienen que salir al quite. Así es esto.
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