El asentamiento de Federico Pizarro, la pulcritud de Fermín Rivera y el temple de Juan Pablo Sánchez.
A lo largo de trece vacas tentadas al pie de la carretera San Juan del Río-Amealco, desde donde se divizan bellos paisajes teñidos de verde, se finca la fijeza en el claro camino de los medios al tercio, donde aguarda la vara, rienda y voz de Omar Morales.
Capote en manos se alrternan colocaciones sobre el central punto, pareciera que las guapas se adueñan de la distancia solicitada.
Pizarro descarga su energia en las piernas, se balancea previo al envite y de la muleta surge el mando y detalles artísticos en personal Cambio de Mano, pensando en su próxima aparición en la plaza México.
Desde el palco se siente la docencia del matador Gabino, cobijado por la familia, “Bien Federico”. Cada paso está pensado, tiempo y espacio; la faena lo pide. Ya quedó atrás el actor, ahora todo está enfocado en el torero.
El porcentaje de bravura es alto en la selección. El séquito de caporales y veterinarios pega el salto al ruedo una vez que los novilleros han “agarrado” a la brava.
Alto, espigado y de limpio quehacer es la escencia de Fermín, la heredó de su abuelo en nombre y apellido, la prolongó en vivo de su tío Curro Rivera y ahora la pone en personal boga, el banquete es de primera.
No hay desarmes, punteos de muleta ni achuchones, el sitio se impone en el serio joven. Limpio académico es el juego de brazos, sobre todo por el lado izquierdo. Ese empleo es sello Aguilar. “Se torea con la zurda y se cobra con la derecha“.
Don Gabino, al lado de su hijo Paco, al finalizar cada faena asesora la curación, símbolo de que la vaca ha sido aceptada.
A partir de la quinta, la tienta toma rumbo, circunstancialmente entra en turno Juan Pablo y asombra pulso, mano y muñeca al llevar desde delante las embestidas hasta más allá de donde se pierde la extensión del brazo.
La largura Aguilar está a tono con la sensibilidad de Sánchez. “Qué bien está ese muchacho, yo no lo había visto“. Queda complacido el matador-ganadero, en tanto el apoderado Mario del Olmo, al fin familia, se muestra satisfecho.
“Son” bravas, dos características de la muchas exigidas“. Juan Pablo del Temple.
El sol cae a plomo refrescado por el frío viento, tan ligero y acorde con cada tanda; las de lado izquierdo llenas de belleza. Arte puro, decía Pepe Alameda.
los novilleros Mirafuentes de Anda, José María Hermosillo y “El Goofy” intervienen atentos tras cada lección maestra Pizarro-Rivera-Sánchez.
Provisional cartel, sólidas enseñanzas, la sangre brava lo da.
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