Bilbao. Segunda de las Corridas Generales. Se lidiaron toros de La Quinta, desiguales de presentación, algunos muy serios y otros por debajo; el 1º, noble y con mucha calidad, buen toro; el 2º, orientado y sin fuerza; el 3º, derrotón y soso; el 4º, soso y a menos; el 5º, malo; y el 6º, de buen pitón izquierdo. Un tercio de entrada.
Antonio Ferrera, de catafalco y oro, estocada caída (saludos); pinchazo hondo, delantero y caído, media, descabello (saludos).
Eduardo Gallo, de azul pavo y oro, estocada que hace guardia (saludos); media, descabello (silencio).
Morenito de Aranda, de azul marino y oro, estocada corta, dos descabellos (silencio); tres pinchazos, estocada, aviso (silencio).

Podría haber sido una buena historia, aunque sólo fuera por la literatura de ese Morenito versus «Morenito» con el que cerramos la tarde. Era la primera de las Corridas Generales de a pie. Había llegado la hora de la verdad. La gente se arremolinó a la salida del hotel Ercilla para ver a los tres espadas en esta empinada cuesta que es Bilbao antes de pasar al puerto del sur o las ferias de segunda de septiembre. En el lío. Morenito, capricho de la suerte, lidió en sexto lugar a otro «Morenito» que fue uno de los dos toros que sí tuvo cosas buenas del encierro de La Quinta. Primero y sexto. No más. Eso sí un primero de nota y un sexto que acudía al engaño muy despacio, descolgado, como pensándoselo pero con muy buen tranco. Desigual en ocasiones, sobre todo por la derecha, si le apretabas cedía el viaje, se quería quedar, a su aire iba más. Morenito (torero) anduvo serio, afianzado desde el principio. Muleta planchada y buen aire al natural. Viajaba el toro casi en dos tiempos, lucía el muletazo de Morenito. Y cuando estábamos a punto de creer que se había aclarado la tarde, un poco quizá, pinchó el torero. Repitió jugada y en poco quedó la cosa. El tercero, toro pasadote de edad, de camino a los seis años en octubre, fue tan derrotón como soso. Mala combinación. Lo que ocurría en el ruedo eran imágenes planas, sin relieve.

«Rabanito» abrió plaza. Y corazones. El de La Quinta tuvo la fuerza más que justa al filo, la nobleza desmedida y una calidad extrema en el viaje. Lo cantó pronto, tanto que fue de salida en los lances que Antonio Ferrera cosió a una media. Extraordinario el toro, Ferrera hizo una faena medida, en la que brilló el temple, la suavidad de los cites, sutil en los toques y la armonía en el trasteo. Pero hasta ahí rompió la cosa. La estocada se le fue abajo y el silencio imperó en el coso de Vista Alegre. Pudo ser y no fue, sino de la tarde.

Dos toros de seis, pero lejos de la etiqueta de corrida dura que llevan puesta. Un toro bendito primero y de embestida muy lenta el sexto. Para quitar razones a los que pretenden poner etiquetas al toro, según los colores de las divisas, y antes de definir argumentos.

Antonio Ferrera se inventó un espectáculo con el cuarto. Pluriempleado. Él bregó y él puso los palos. El tercio lo cerró con un rematado final después de clavar al quiebro y recuperar en la carrera el capote que aguardaba en pie en el centro. Un suspiro duró el toro después. Se orientó sin querer ir.

A Eduardo Gallo le vimos volar alto aun sin enemigos. Ni uno ni otro. Cadencia imprimió a las verónicas del segundo y después parecía quedarse dormido en la muleta del salmantino pero en realidad no redondeaba una embestida. Por encima del toro. El quinto fue oveja negra. Aparte de soso, como casi toda la corrida, tuvo las ideas justas y malas. El peligro que intuimos en un principio raudo se convirtió en evidencia. Solvencia y valo de Gallo.

Letanía de una tarde que podía haber sido, pero los condicionales en el toro encajan mal. Lo que no se da se pierde y ayer entre unas cosas y otras nos perdimos todos.

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