A sus ocho años de edad no se siente niño prodigio; eso se lo deja a El Juli.
Tampoco se considera el mejor, porque es cosa de un largo muy largo tiempo.
Usa sobrenombre por admiración a los que recorren lío en mano la legua.
Y aunque sólamente se ha topado con uno en carretera, es suficiente para atender a la mención de ¡El Maletilla!
Bastó una tarde para despertar al mundo del toreo. Su padre, Cristobal Sr. jamás pensó que inquietara en su hijo una asombrosa afición. Pero al salir de la plaza México, por petición, ya le estaba comprando un capotillo.
Más tarde le solicitaría una muleta. Y con esos aparentes juguetes se adentró a la imaginación de la que hasta ahora no ha podido apartarse.
El domingo anterior cumplió su primer año. Debut y festejo en Villahermosa, de la mano de su maestro, Luis Gallardo.
Y ya ha hecho suyo: la signación de una cruz al partir plaza, el andar entre mayores, saludar a la autoridad, cambiar seda por percal, torear de salón y aguardar, sin angustia, turno tras larga espera.
Ahora que en cuanto asoma su pequeña estatura por el burladero, ya está en torero. Eleva la mirada al cielo, se encomienda al Cristo del Gran Poder, persigna su cuerpo y se toca con el cordobés.
Es cosa de que suelten la vaca ó al becerro que, brota en él una desbordante afición que no le cabe en el corto. Corre si es necesario, persigue o se coloca con tal sitio que lleva en la mente para dar rienda suelta al chiquillo.
No hay peso de plaza; todo se convierte en patio, pero muy al margen del juego, todo lo que hace es de torero, de gran torero y extraordinario artista.
Un Trincherazo magestuoso en la tierra de Silverio Pérez le sabe a gloria, término registrado en mente, la que aparta al alumno del tercer año de primaria del torero.
Es tal su concentración de gusto que se le podría llamar largo por su amplio bagaje, cuando apenas está sumando su onceava actuación.
El ayudado, hecho de palo de golf por el papá, suple al estoque; todo a su tiempo, aunque para simular la muerte cita a recibir y lo mejor, el público lo cree y autoriza en la otorgación de premios.
Recorrer el ruedo a hombros es inminente; totalmente ganado. Cristobal Arenas El Maletilla cautiva a los de su andadura y también a los mayores. Verlo es un recreo a la vista, a los sentidos y a la diversión.
Es en todo ello cuando empata lo suyo con los aficionados; tan naturales ellos como el que imprime seriedad al sueño, como que an algunas noches le alcanza entregándole el grito de “Torero-torero”…Al tiempo.
El próximo sábado 28 de marzo ya cuelga su nombre del cartel en Cinco Villas.
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