s el disfrute de su propiedad el que actúa como una renta compensando inversiones y costes, donde el propietario es inversor y consumidor. Inmovilizando su capital, busca obtener no solo unos ingresos comerciales, sino también, y a veces como motivo preferente, una satisfacción personal.
Gran parte de estos ganaderos han heredado estas propiedades de origen familiar, y sin duda el disfrute de este tipo de rentas es y ha sido un privilegio reservado a unos pocos y ha permitido conservar amplias extensiones de tierra en condiciones de ser fuente de recursos ambientales. Obviamente la condición de su existencia es poder crearla, conservarla e incrementarla.
La dehesa es un ecosistema agroforestal único que aúna el mejor rendimiento económico con la menor incidencia en el medio. Hace decenas de años que los grupos conservacionistas y ecologistas llaman la atención sobre su protección, pero son las razas autóctonas las que por su rusticidad y adaptación, mejor aprovechan y conservan la dehesa.
El ganado de lidia es el mejor adaptado a la dehesa, las condiciones de cría en grandes extensiones, la movilidad que le da su menor tamaño con respecto a otras razas y su crecimiento en libertad con mínima presencia humana le han hecho inherente al ecosistema de la dehesa.
Las miles de hectáreas dedicadas al toro de lidia en México y otros países, es el aspecto de la ganadería de reses bravas que debería tomarse en cuenta al debatir sobre el futuro de la fiesta. La dehesa como ecosistema es un todo en equilibrio, lo que afecte a alguno de sus componentes, afectara a la totalidad.
Los efectos secundarios de la actividad económica que eran tomados como marginales, hoy se instalan en el centro del debate económico, cualquier medida que afecte las actividades económicas, va a tener que mirar de forma prioritaria estos aspectos, mucho más si estas actividades están íntimamente relacionadas con la naturaleza, como es el caso de cualquier decisión que se tome acerca de la fiesta.
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