“Arte efímero”, indescriptible, conjunción de emociones que inhibe el aliento, ante la fusión del hombre con el toro.
La fiesta de toros es un ritual de muerte, que es finalmente en lo que acaba la vida. Para los incipientes e ignorantes, el arte de lidiar, torear y matar un toro, no empieza con un toque de clarines, a la hora indicada “previo permiso de la Autoridad y si el tiempo no lo impide”, le antecede de una larga carga de actividades, que se relacionan con el toro, el elemento fundamental de la fiesta, desde su empadre, gestación y nacimiento, de acuerdo con sus condiciones de raza y sangre por la “tienta” que define su selección y permanencia en el campo, donde se desarrollará para tomar su condición de becerro, novillo y toro y ser trasladado a las plazas.
Ahí será “sorteado” antes de la corrida para que en un orden reglamentado, saldrá por la puerta de toriles para cumplir su destino de muerte, donde honrosas excepciones pudiera burlarla, tras ser indultado por su presencia, nobleza y bravura.
Su escenario, las plazas de toros, son verdaderos recintos de belleza arquitectónica y funcionalidad; los desembarcaderos, los corrales, los toriles, patios de picadores, de cuadrillas, capilla y enfermería y las puertas de acceso al ruedo que merecen mención especial; la arena, la barrera, las troneras de los burladeros, los estribos y las puertas del callejón, complementados por los accesos a los tendidos generales, andanadas y azoteas, numerados y barreras, palcos y palcos de contrabarrera, etc. Arriba la música ex profeso de los “pasos dobles” por bandas municipales y hasta sinfónicas, inundan la ejecutada atmosfera que antecede el “partir plaza” o adorna como dice la crónica “faena con música” en la reunión del toro y torero, en el instante de la verdad, con el juego los brazos, la muñeca y la cintura, al filo de los diamantes de las astas del toro. Seda, sangre, oro y sol; sería la abreviatura de esta lidia entre las habilidades del hombre y la fuerza noble de su majestad el toro.
En todo momento emanan las Bellas Artes, se podrán discutir, mas no se puede negar; la pintura, la escultura, la música, las letras, desde lo clásico hasta lo popular; los países donde hay toros revisten de una cultura innegable, baste recordar la obra de nombres como Goya, Picasso, Lizárraga, Ruano Llopis, Pancho Flores, Peraza; literatos, poetas por citar solamente algunos y para ejemplificar que mejor que la palabra en la pluma de literatos, cronistas y poetas:
José Ortega y Gasset dice:
“¿Es de mejor ética que el toro bravo, una de las más antiguas, en rigor arcaicas, de los bóvidos, desaparezca como especie y que individualmente, muera su gloriosa bravura? Es un error creer que la capacidad de sentir en nosotros, el dolor sufrido por un animal, sirva de medida para nuestra moral con él”. Profundidad filosófica de un concepto expresado por el insigne humanista español.
En alusión al poema “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, el inmenso poeta granadino, Federico García Lorca menciona:
“Dile a la Luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena
¡Que no quiero verla!
La luna de par en par
caballos de nubes quietas
Y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras”.
Éste es un soneto que relaciona la fiesta con su propia identidad y sentimiento, no es el único como tema taurino.
Jorge Alberto Manríquez, investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la U.N.A.M., entre otros muchos ensayos y textos escribió un texto filosófico titulado “Toreo: tránsito y permanencia”, que se publicó en la memoria de V Coloquio Internacional del Historia del Arte del Instituto de Investigaciones Estéticas, celebrado en Morelia, Michoacán., resumiendo dice entre otras cosas:
“El toreo es, esencialmente movimiento. Todo lo bueno y lo malo que en el toreo puede hacerse se desarrolla en el tiempo: y el tiempo es no sólo el ámbito de su discurso, sino muy precisamente su cualidad. […] Tiempo, siempre tiempo […] Tiempo, pero también espacio. Porque el sitio del torero, el paso de la bestia y el desahogo necesario se dan en el espacio. Ambos coincidentes para que el buen toreo exista. […] En la condición temporal (y espacial) del arte de torear se plantea su condición de arte efímero […] Y esa presencia de forma, tiempo y espacio es absolutamente única e irrepetible. [Un lance] muere en el momento en que concluye. […]De un gran pase, de una gran faena, no queda sino el recuerdo, tan reinventado como todo recuerdo, tan subjetivo como todo recuerdo (aunque con alguna forma de intersubjetividad: las grandes faenas, aún en el recuerdo inventado, son precisamente las mismas). […] En el ámbito del toreo –escuela de vida en tantas cosas- que es eminentemente historia, el pasado es un hecho no repetible, pero absolutamente real y actuante en cada uno de los que lo recuerdan, o recuerdan el recuerdo de quienes lo recordaron”.
Magistral concluye: “la permanencia del toreo se da en el indispensable apego a una tradición y en peculiar permanencia que es la historia”. El profesor Manríquez es también el autor de la frase, “Arte Efímero”.
En otro concepto más sutil, Verónica Murguía expresa y narra:
“El ritual representa la vida. Es la raíz primordial de las representaciones plásticas o teatrales. Es el facsímil delos deseos, de los apetitos del espíritu. Alude a los dramas naturales, a los ciclos planetarios. En el trabajo artístico, como en el ritual, con el que comparte el origen sagrado, la mirada elige la forma de los actos, la mano los ordena, la mente los interpreta. El ritual actúa, el mito sigue un orden estricto, sacro.
No importa que tan lejos hayamos exiliado el mito, en éste el más prosaico de los siglos; todavía es esencial y aun sin darnos cuenta, lo reinventamos continuamente. El mito sin ser explícito nos enseña a vivir y nos conecta con el primordial. Al artista le toca renovar los rituales, definir los movimientos, o el método, los fines. Crear los nuevos “gestos significativos”, o como en el juego, quizá el artista permite que los fines permanezcan en el plano de la intuición y que el placer sea el guía”
Esta pequeña disertación de la narradora Verónica Manríquez tiene relación con una interpretación de lo que representa la esencia del toreo, como manifestación innegable del arte en el que está inmerso.
El ritual y el mito no son otra cosa que la vida y la muerte, representado en el foro de una plaza de toros…el artista que encarna en el toreo, renueva los rituales que le obligan a crear, de acuerdo con la condición y presencia del toro.
Quizá la autora no pretendió proyectarlo hacia la fiesta de los toros, pero por coincidencia, es hija de un gran aficionado y taurino (Roberto Murguía) y que le dio su nombre por la suerte esencial y primaria del toreo, además la más difícil, la Verónica.
Por último, no debemos perder de vista a los detractores de la fiesta porque los hay inteligentes y perversos, como el polemista español Eugenio Noel quien sarcásticamente dice “Ser o no ser, como el toro: he ahí el ideal”. Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura, el mismo de “Platero y yo”, fue un acérrimo enemigo de la fiesta, así como el poeta cacereño José María Valverde, que al final de unos de sus poemas, avergonzado se dirige al toro para preguntarle ¿”Qué le vas a decir de nosotros a Dios”.?
Elena Poniatowska, escribió recientemente un largo artículo en contra de la fiesta, plagada de referencias estúpidas confundiendo la nobleza del toro con mansedumbre y con ejemplos que hablan de domesticación!!! (He visto actos circenses de leones, tigres, elefantes domesticados, nunca de un toro bravo), que no denotan mas que su ignorancia de lo que es el toreo y exhibe su origen incapaz de aglutinar o percibir el sentimiento de un pueblo, que es todo un ritual, mito y muerte… pero mejor me quedo con el pregón del recientemente fallecido Carlos Fuentes que lanzó en la inauguración de la Feria de Sevilla, defendiendo “el orgullo y naturaleza de la fiesta brava desde su doble papel de ofrenda y rito”.
Foto: Paco Gorraéz en El Progreso de Guadalajara, 1939.
C.D.Nicanor Gorraéz Galván
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