El español José María Manzanares no corrió con la misma suerte, pese a una fulminante estocada; y Mario Aguilar malogró con el estoque, faena cuajada.

Desigual en presentación y juego fue el encierro de Marrón.

Eulalio López traía la suerte buena consigo, correspondiéndole el lote de la corrida. El ganadero no se equivocó al bautizar al abreplaza con el sobrenombre de “Danzón”, un astado templado a ritmo sobrozón que le indicó al torero el sitio por donde torearle, en los medios. Y fue ahí, utilizando prácticamente medio capote como meseó Lalo tres Verónicas y el remate con la Media.
La faena la bosquejó tirando de largo al cárdeno y cual es su característica, yéndose de la cara para recuperar amplitud, logró tandas cortas, por ambos lados, haciendo gala del llamado “Descanso” cuando se está bailando a este ritmo en una pista. Eso sí sus remates iban impregnados de carácter, aunque por ahí faltaron tiempos para entrar en compás. Y el trazó se fue a pique al dejar un pinchazo hondo y cuatro golpes de descabello. Se acabó la música y se dejó sentir el silencio.
La suerte buena se prolongó al aparecer el cuarto de la tarde, asentado por la vara de Nacho Meléndez. Esa trasmisión fue aprovechada por Eulalio que supo darle su tiempo y aire a cada tanda, pese a que el toro cayó dos veces. Un adorno y remate en cada ejecución, tanto por derecha como lado contrario apuntaron hacia rriba la faena de muleta; por ahí un derrote seco puso en apuro al matador, pero serenamente cuajó la Dosantina rematada en Cambio de mano.
Recuperado el terreno vació la suerte en una entera ligeramente caída que llegó hasta el palco de la autoridad y así, sin más, aparecieron dos pañuelos blancos, dejando extraño ambiente en el tendido. Bueno.

Los toros rajados le correspondieron a Manzanares. Y ha sido gracias a su torerismo como le sacó seis Naturales de jaleo al resabiado “Vagabundo”, despachado de tres pinchazos, entre el silencio del público.
El puyazo de la corrida, a cargo de David Leos, presagiaba algo bueno para el alicantino, sin embargo se rajó el burel y se la pasó defendiéndose hasta que José María pulsó la espada y la vació en todo lo alto partiendo a “Mal Querido”. Palmas por la estocada que no encontraron eco en el señor juez.

Y Mario Aguilar tuvo en contra las protestas por la escasa presencia de “Bandolero”. La gente se desatendió de la faena, culminada de entera en buen sitio.
Pero otro panorma se le presentó con el emotivo cierraplaza, toreado en lentitud a pulso. Todo por derecha en temple sellado de siete series hasta que vino el desarme del que no se pudo reponer con la espada, usada en varios pinchazos ante el desaliento del respetable.

En un santiamén se quedó frío el publico por la reacción del juez al medir su premiación: unos cinco mil quinientos espectadores pasmados por el triunfo del “Zotoluco”, que ni al salir a hombros les devolvió el calor.

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