Aquella vez gritó que no pasaba por ella, y que venía a realizar el sueño que de niño hizo le consideraran un adelantado.

Extrañábamos su distracción, que lo quitó de aquel camino del triunfo cotidiano; y, mire usted, amable lector, por dónde salta el gallo de Aguascalientes al reñidero. Con sus espuelas listas, ambiciosas y calzadas, para esta pelea en la arena de Las Ventas.

Muchos fueron los retos que le recordaron a Joselito, en ese confesionario de toreros que es el patio de caballos de la Plaza de Madrid. Habría quien le recordara en nombres de sus paisanos. El más recurrido debió ser el de Eloy Cavazos, el último que abrió la codiciada Puerta Grande para salir a hombros por la Calle de Alcalá y que ayer vimos al maestro de La Villa de Guadalupe en barrera de Las Ventas, embutido en elegante paño gris mde nbritánica confección. Aquello de Eloy fue en el ´72. Antes había sido Curro Rivera, el que le cortó cuatro orejas a una corrida de Atanasio, y mucho antes fueron Armillita, Garza, El Soldado, Arruza, Silveti… Llene usted la cuartilla con nombres gloriosos del toreo azteca, de aquellos hombres se sientan en las gradas como fantasmas del recuerdo cada tarde que torea un mexicano en Madrid.

Joselito Adame había cortado una oreja al tercer montecillo. Vibrante en un quite por gaoneras en el quinto y en el sexto, el segundo suyo, se fue a la puerta de chiqueros y se metió entre las dos rayas, para que en cite fuera auténtico “porta de gayola”.

Ha sido una faena grandiosa, faena de amo de la plaza, grande de verdad, aderezada de torería, entrega, conceptos claros y mucha disposición, con la actitud de un torero que busca el triunfo rotundo y contundente. Bastaría haberle visto irse a los medios para interpretar las lopecinas, ese quite inventado por su paisano El Zapopan y que ha hecho famoso Julián López “El Juli”, recreador de suertes mexicanas. En los medios, sí señor, donde sería el desarrollo de su espectacular faena de muleta, citado de frente para engarzar como si fueran perlas margariteñas en el collar de una princesa sus ceñidos naturales, esos que se prodigan acariciando las arenas de las plazas y rematándolos arropados por el óle de la entrega apasionada de un público sorprendido por la majeza del torero mexicano.

La tarde para Joselito era de consagración. De salida por la Puerta Grande vestido como Príncipe Nahuátl, de azabache y tupido enjambre de oro. Era de Calle de Alcalá de no fallar con la espada … Pero fue de torería, de grandeza, de sorpresa y de apoyo al reconocimiento del torero azteca.

Muy dentro de su corazón, habrá habido alguien que haya gritado “¡Y que viva Aguascalientes…Sí Señor

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