Es verdad que las reses no cumplieron, no cumplieron en presencia, como tampoco en bravura, aunque se pudo haber logrado en triunfo, que pudo ser importante, de haberse planteado argumentos distintos al abúlico Perogrullo planteado por el novillero.
¿Cansancio? Es posible, pero no justificativo ya que en El Coliseo el torero se presentó arropado por el afecto, ilusión y admiración de su propio pueblo. Colombo estaba en su casa, y no cumplir con la familia es como pegarle, y esto conduce a la ruina.
Jesús Enrique, quien hizo de El Coliseo, el terminal de un absurdo periplo que tuvo una estación previa a la encerrona de Táriba en un viaje que le llevó de Táriba a Caracas, Caracas a Lima a torear en un pueblo a ocho horas de carretera de la capital peruana. Horas que se convirtieron en16, con el regreso de la virreinal capital, para viajar luego a Bogotá, hacer escala en Bogotá en el Aeropuerto Nacional para volar a Cúcuta. Cruzar la frontera desde Cúcuta, y subir la sierra, cruzar valles y caminos de madrugada hasta llegar de madrugada a San Cristóbal y amanecer en Táriba donde le esperaba una ilusionada afición paisana. Trajín, este viaje, que percoló del tamiz el cansancio y el agotamiento expresado en la arena de El Coliseo.
Tan intensa la abulia demostrada que no se escuchó ni un “olé” del entusiasta público taribense. Algunas palmas en desiguales banderillas y fatal con los aceros.
Jesús Colombo ilusiona, es nuestra más sincera esperanza por tener un torero. Fue una tarde mal calculada, con planes y estrategia equivocadas que tienen solución, y que estoy seguro Jesús Enrique Colombo enmendará porque este torero tiene valor, le sobra talento y personalidad, pero el viejo adagio torero dice en sabia sentencia popular que “Una mala tarde la tiene cualquiera”.
Y como decía El Guerra, “cuando no se puede, no se puede. Además, es imposible.”
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