Allá por Miguel Angel de Quevedo y Avenida Universidad una calle es nombrada como Joaquín Gallo; yo conocí a otro integrante, Joaquín Gallo Reynoso, sacerdote jesuita y a un tío de este, cura de la Sociedad de Jesús también, Agustín Reynoso Obregón. Carismáticos, piadosos y benefactores.

El tío y sobrino acostumbraban portar la sotana al andar por el perímetro de la parroquia de Los Angeles, situada en la capitalina Colonia Guerrero; para ellos la iglesia era algo más allá que el simple edificio. Salir a las calles, identificarse con la gente, oficiar inclusive en los vecindarios.

Arnaldo Zenteno conformó las comunidades de base; Aurelio Olague, las misas ilustrativas, ya fuera con guiñoles, videos ó muñecos de ventrílucuos; mientras el padre Paco Varela dirigía un sector del Movimiento Familiar Cristiano. Era un grupo extraordinario: con un Don de Dios para servicio de Dios.

De esta familiar aureola proviene Joaquín Gallo Pérez, el rejoneador anunciado un 14 de julio de 2013 en la plaza México. Y sorprende al montar con su mexicana vestimenta el uso del sarape y el sombrero de charro en inicios y culminaciones de suertes sobre lo que permite prolongarse, los caballos.

Lo que viene de arriba viene de Dios. “Es que es demasiado rápido presentarse en la México”, escribe al recordar el inolvidable acontecimiento, que le permitió dar la vuelta al ruedo en compañía del malogrado Eduardo del Villar, cabo de los Forcados Hidalguenses, tras despachar a “Platero” de Marco Garfias.

Ese tipo de sensaciones están plasmadas en el libro de su autoría “Doma, Charrería, Rejoneo y Experiencias con Caballos”, dado a conocer el reciente jueves. Guadalajara, Acapulco, Aguascalientes y tal vez la plaza donde más se admira el rejoneo, Mazatlán, la “Eduardo Funtanet”, otro gran desaparecido, están en el índice.

Un compendio de catequesis taurina, charra y gala en 128 páginas con ilustraciones a color y en blanco y negro: Doma a la alta escuela, suertes charras y el general manejo de caballos; Joaquín los adiestra, monta y convive en caballerizas, trailers y charters. Junto a ellos van envueltas anécdotas, tan nobles como la que describe al reencontrase con su hermano Ricardo en España.

Santiago Gallo Pérez se encargó del prólogo y Manuel Basurto del epílogo vivientes durante la presentación del libro, tan ejemplar en sinónimo como las ilustres vidas ejemplares. “Por oír misa y dar cebada, no se pierde la jornada”, reza la viñeta de presentación.

Cualquier coincidencia no es obra de la casualidad: Joaquín Gallo Pérez trae la bendición consigo, el apostolado lenguaje caballar y el gusto torero. Todo para mirar al cielo más cerca desde un caballo. “Sigo con la misma ilusión del primer día”.

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