Guillermo Capetillo, pitos y abucheo tras un aviso; Diego Silveti salió en silencio.
La Estancia superó en juego a los de San Isidro.
El joven francés ha llegado en plan maestro. En temporadas anteriores había dado muestra de gran conocimiento de terrenos al iniciar faenas, pero ahora ha sorprendido su capacidad para resolver en segundos embestidas por cortas que sean.
La paulatina mermada fuerza del San Isidro la agotó entre fulgurantes destellos. A compás abierto y flexionando rodilla izquierda midió el recorrido en Lances de frente y ajustado quite por Chicuelinas, mientras el español José Chacón saludaba desde el tercio por su Cuarteos.
La Faena apuntaba hacia arriba, sin embargo al décimo muletazo se rajó el toro, lo que no fue obstáculo para ajustar Destellos a la mínima distancia, haciendo caminar al marmolillo.
Impuso sus Cambios, Dosantina y Desdén extrayendo celo manteniendo tenor de emoción. De ahí que le aplaudieron el pinchazo arriba y con la entera en buen sitio agradeció la ovación desde el tercio.
Pero faltaba el mejor capítulo con el quinto de sorteo. Plantado en el tercio ligó siete desmayados Lances, y la puya del picador hispano José Doblado alcanzó a asentar al de La Estancia.
Sin embargo, la maestría de Castella hizo romper a bueno al burel. Cada muletazo fue acorde enmedio del desengaño hasta lograr la sorpresiva unidad. La sobervia faena fue por ambos lados, pero por el derecho la impuso.
Cada cite de costado terminaba rítmicamente templado en Cambios de mano. Era un dos en uno torno al espigado galo; así también ligó los redondos. Y al firmar con un Desdén penetró la entera acerada que le dió las dos orejas, tras arrastre lento a “Miel en Penca”.
La despedida de Guillermo Capetillo quedó para mejor ocasión al no acoplarse con el abreplaza de La Estancia que aunque claro, no iba con su estilo en siete minutos de faena pitada.
Aun peor le fue con el San Isidro deslucido, preparado para la muerte en cinco minutos y demás fallas con estoques hasta escuchar un aviso entre ensordecedor abucheo.
Un remiso de San Isidro pegó un retador arreón para que Diego sacara la casta Silveti, pero el juego se fue perdiendo entre el silencio al tercer viaje.
El muñeco de la corrida cerró plaza augurando algo grande en Diego tras su quite ajustado por Gaoneras, pero el buen augurio se fue al pozo al quedarse parado el de La Estancia y al no matarlo al primer viaje se acabó el encanto.
La tarde y noche fueron de Castella al salir a hombros. Su continuidad de trasteos no permitieron respiro a su lote ni a unos seis mil espectadores que se entregaron al mando francés.

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Video:Julián Herrera

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