El maestro Humberto Peraza Ojeda, nacido en Mérida, Yucatán, pero ciudadano del mundo, nos ha permitido transmitirle a usted, lector amigo, una historia contada con grandeza en donde nos narra parte de su vida que lo ha llevado a consolidarlo como el escultor taurino que más trascendencia ha logrado, como testimonio sus esculturas y el haber sido parte del grupo que apoyó a su maestro Alfredo Just para la realización de todas las esculturas que adornan nuestro coso titular… la Monumental Plaza de Toros México.
Aquí comienza todo:
“Era el año de 1945. Por andar en mis correrías de maletilla yéndome a las tienta y hacer mis entrenamientos todos los días y en las tardes hacer esculturillas que trataba de vender para sostenerme, no asistía a la escuela, pues toda mi atención estaba puesta en la ilusión del toreo. Mi padre estaba en contra de esta afición, por lo tanto tenía que buscar una razón para poder justificar por qué dejaba los estudios.
“Entonces decidí buscar un trabajo; lo conseguí con el arquitecto José Creixel quien me mandó a una obra que estaba por Polanco; allí tenía muchos ratos de ocio, los cuales aprovechaba para hacer figuritas de colores, de toreros, de toros, etcétera. Un día llego un camionero que las vio y me dijo: ‘que bonitas están, tu deberías ir a ver unas grandes que están por allá por Insurgentes, yo voy a tirar cascajo allá, un día que pase te voy a llevar’. Creo que aquí intervino la suerte, al poco tiempo se presenta ese hombre y me dijo ‘voy a la plaza México ¿quieres venir conmigo?’.
“Si eso no hubiera sucedido yo nunca hubiera sido escultor, llegue a la plaza y quede asombrado con aquella construcción, y ahí me dijo ‘mira, por ahí caminas y encontraras un galerón’, llegue al taller, miré por una ventana y vi que estaban haciendo una estatua, era un toro derrotando contra un sombrero, enseguida toque la puerta tímidamente y me abrió el maestro Just, aquel imponente y magnifico maestro me dijo ‘¿Qué deseas?’, pues le dije ‘yo soy escultor y quiero ver si me da trabajo’, yo sabía bastante de toros y creía saber de escultura; pero aquí es donde vienen los desengaños de la vida y se convence uno en lo equivocado que esta.
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“Al día siguiente me puso a hacer una figura de un toro “’a ver qué tal’, me dijo, ante aquellas moles me di cuenta que no sabía modelar el barro ni manejar la herramienta esto significaba ser escultor, y eso precisamente era, lo que no era, se me caían las alas. Al terminar la semana me dijo ‘no te voy a necesitar ya’, pero yo ya me había fascinado con aquel taller, que reunía las dos cosas, la escultura y los toros; entonces le suplique que me dejara ahí aunque fuera sin cobrar, y me acepto.
“Por ese entonces mi padre me pregunto ‘¿y qué estás haciendo?’, pues mira le contesté, estoy haciendo un toro, y todo lo que yo veía que hacían los otros maestros me lo atribuía. Un poco incrédulo pero entusiasmado me dejó por un tiempo seguir aquello, no sabía que era el amasador de barro.
“Un día saliendo del taller vi a la distancia la figura de mi padre que venía seguramente a hablar con el maestro, y me dije, me va a descubrir en todas mis mentiras, casualmente estaba el maestro en ese momento, mi padre se identificó y le dijo que estaba muy agradecido por las enseñanzas que me daba, escuchando aquello, me quede mudo y me dije trágame tierra, el maestro lo escuchaba y en pocos minutos se dio cuenta de la situación, notó que mi papá estaba equivocado por mis mentiras y no le dijo lo contrario, sino que le confirmó que yo estaba modelando, mi papá se ha de haber sentido orgullosísimo y el maestro le dijo que tenía mucho porvenir como escultor; después de charlar un rato mi padre se despidió y se fue convencido.
“Desgraciadamente el 30 de enero de 1946 mi padre sufrió un accidente, un tranvía lo atropello y murió; de pronto me enfrente a una tragedia patética, increíble, dolorosísima, a la edad de 20 años, yo no conocía lo cruda que era la vida a veces, era tan sombrío todo aquello y estaba tan confundido, que no sabía que hacer, pero poco después reaccione y me dije ‘hay que echarle casta a la vida’, cambie todos mis parámetros, entonces recordé aquellas mentiras que me habían producido un remordimiento; y con el dolor tan profundo y la desesperación de ganar dinero, tratando de honrar la memoria de mi padre, me propuse convertir en verdad aquello que había dicho, algo desconocido me motivó interiormente y de pronto empecé a modelar, tan bien me salían las cosas que cuando llegó el maestro de un viaje vio lo que había hecho, era un cabestro del encierro que actualmente está en la entrada principal, le pareció muy bueno y sin hacerle nada ordenó que se vaciara; después me dieron a hacer otro; claro yo resultaba muy barato, y hacia muy rápido las cosas, no tenía más pensamientos que el de la escultura ¡a todas horas!
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“Uno de aquellos días trajeron al taller un toro, llamado Solovino, al que usamos de modelo. Con el inicie estudios de anatomía desde luego como Dios me daba a entender, ahí en el estudia, me pasaba las horas viendo aquel magnifico ejemplar negro, al que le habíamos hecho un corral interior bastante limitado que tenia comunicación al exterior con corral igual; le daba pastura, el agua y así el toro venía a comer de mi mano, desde luego yo afuera del corral, pasaron los días y el animal se fue acostumbrando a mí y yo a él.
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“En una ocasión, yo estaba arriba de las trancas y el toro echado abajo, se me ocurrió bajar, el toro me sintió volteo, me vio y no hizo nada, era un toro de lidia imponente que ya tenía edad, y pensé ‘estoy parado en el mismo piso junto a él, pero si se llega a mover me subo en seguida’. Ahí me quede un rato mirándolo, extendí la mano y lo acaricie, y no hizo nada; en fin. Lo trataba, como si fuera un perro faldero, jugaba con él y no me hacía nada, finalmente le perdí respeto.
“En otra ocasión un escultor de mi misma edad y yo vimos que el toro estaba muy aburrido en aquel corral tan pequeñito, y pensamos en soltarlo al enorme patio que teníamos con la tranquilidad de que había una reja muy grande por la que no podía salir a la calle, lo sacamos y nos olvidamos de él.
“Llego la hora de la comida y salimos muy tranquilos, pero cuando regresamos un desconocido vino espantadísimo diciéndonos que el toro estaba en Insurgentes, allí el toro se quedó mirando en mitad de la calle creando un pánico indescriptible, los vehículos se subían a la banqueta. Los peatones en los arboles; el desorden estaba en su apogeo. Cuando llegamos a alcanzar a aquel fugitivo y sin darnos cuenta de que nos miraba la gente, regañamos al toro, le dimos palmadas en el anca y lo fuimos guiando para el corral, se dio la vuelta y se fue trotando otra vez para su corral ante el asombro de aquella gente que ha de haber pensado que éramos unos valientes muchachos.
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“Cuando el maestro no estaba, tomábamos los trajes de luces y capotes, que nos servían de modelos; y recuerdo la ves que a un pobrecillo yesero lo vestimos con uno de ellos, le dimos una muleta y lo cargamos, y entre las risas lo pusimos dentro del corral a ver como se veía con el toro, el también pensó que el animal no haría nada, sino no se hubiera atrevido; el animal, en cuanto vio la muleta quizás recordó su pasado en un ruedo o simplemente fue su casta no sé, el caso es que empezar unos extraños movimientos, que nunca le habíamos notado, empezó a rascar, a subir la cabeza.
“Mientras que aquel muchacho con la muleta en la mano se había quedado helado, porque él no sabía nada de toros, el animal inicio la arrancada ante el asombro de todos los presentes, en ese preciso momento mi compañero, un muchacho muy valiente, al ver aquello se metió al corral, ya que el también tenía confianza con el toro, y le quiso llamar la atención golpeándolo, pero el toro ya no le respondió y enfurecido lo persigo afortunadamente como estaba en la parte de cemento, con el estiércol y el agua se había hecho lodo en el cual se resbalaba en su afán de embestir y eso dio tiempo a que el pudiera pasarse al otro corral que tenia piso de tierra, en el cual los dos daban vueltas alrededor de un árbol, los momentos eran gravísimos.
“Si el bicho lo hubiera cogido lo hace pedazos y nadie le hubiera podido hacer el quite, entonces sin pensarlo le hable al toro creyendo que me obedecería, lo cogí por la cola y así evite que la res lo alcanzara; el animal se volteo contra mí y mientras mi compañero pudo salir, pero de pronto me di cuenta que yo estaba solo en un corral pequeño con un toro enfurecido tirándome cornadas y arrastrándome aunque no me soltaba del rabo, ‘¿cuál sería la solución?’, pensaba ¿Cómo me podría salir si está furioso a cada momento?, pero mi amigo igual de apurado, tomó una vara que había allí cerca, y empezó a golpear al toro para llamarle la atención, entonces se distrajo cosa que aproveche para huir despavorido, no sé cómo brinque las trancas que tenían como tres metros de alto y me eche de cabeza al otro lado y logré escapar; si las cosas no hubieran sucedido así, ahorita estaría hablando con Dios.
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“Así fue como aprendí que un toro de lidia puede sacar su instinto en cualquier momento… no sólo aprendí la anatomía también la sicología de estos cornúpetas. Un año después me entere que lo habían sacrificado.
“Pasado esto volví a hacer muchas obras, como las maquetas de la Plaza México que eran de yeso y de casi cinco metros de largo, en las que estudiábamos los elementos que se iban a utilizar.
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“Por otra parte comenzamos a hacer ocho esculturas de cinco metros de alto que quedarían en los grandes pedestales de las cuatro entradas, de la plaza y que todavía se pueden ver allí aunque nunca se llegaron a terminar y nunca se pusieron”.
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