Nada fácil resultó el encierro de La Muralla, incluyendo el eral, y sin embargo le cortaron tres orejas: Gómez Vega, Cayetano Delgado y Juan Pablo Herrera.
Y en ese tenor de pensar frente a la cara del astado, mención aparte merece el becerrista José María Mendoza, al ganarse sonora ovación.
En tanto Pérez de Pauloba tragó emocionando, Casanueva fue avisado y Héctor Gabriel sacó jugo al deslucido.
Del mimo al consentimiento, ante el primero de lidia ordinaria que paulatinamente fue perdiendo fuerza estuvo Gómez Vega al dosificar la faena, sobre todo por el lado derecho aguantando la cansina embestida para correr la mano en redondo.
Sereno, sin presión alguna, lo llevó templado al pasito, con esa firme muleta que jamás cedió hasta completar cada pase. La espada entró como mantequilla al coronar los blandos a cambio de la oreja.
Cayetano Delgado tuvo en suerte al novillo del festejo, tras el puyazo de Juan Carlos Paz que se lo dejó de dulce. Inició por alto, pero en cuanto se decidió a bajar la mano encontró el viaje que lo llevó a cobrar la tanda más artística de la tarde.
Vamos, ni ese radiante sol, apagó las tres mil gargantas para corear el engarse rojizo. La entera tendida surtió efecto, gracias a la oportuna intervención del puntillero Fernando Ríos al culminar la obra entregando una oreja.
Y a sonar el cascabel que trae consigo Juan Pablo Herrera, bullidor con los avíos, capa y banderillas, tomó los medios para cambiar el viaje con la muleta al plantear la faena, pues en adelante el murallense solamente tragaba dos tiempos.
Además explosivo, todo lo vende y a buen precio, como al irse coreando tras la espada y trasmitir su sensación, no obstante la estocada delantera y ligeramente contraria que cobró a cambio del apéndice.
La expectación se centró al salir el castaño girón, como todos de buena presencia, pero este traía sus gatos. Probaba en cada arranque, arreaba tras el primer tiempo, mientras en los siguientes, Pérez de Pauloba aguantaba con hombría.
A veces pegajoso, pero siempre buscando, le tragó el torero. Sí, tragar, cuando no hay dulzura al paladar, hasta que se decidió a torearle por la cara y despacharlo de cuatro viajes con el acero para recibir la ovación.
“Ingrato”, acorde con el bautizo fue quinto. Se le aplaudió de salida por su moza presencia, pero en juego nada acorde. Angelillo González saludo desde el tercio por sus cuarteos.
Sólo un derechazo se pudo corear y como no hubo faena ni lidia, los cuatro intentos por pasaportarlo fueron suficientes, mientras escuchaba un aviso del juez Conrado García.
Y deslucido fue el cierraplaza para Héctor Gabriel, que también entró en el carro del buen entender, haciendo lo apropiado frente a un novillo además rajado, pues le toreó en línea en el terreno de tablas. La entera tuvo sonoridad en los aplausos.
Entender también es darle interpretación a las clases del maestro. Y cuando vienen de Don Alfredo Acosta penetran, tanto en los oidos hasta llegar al interior. Eso fue lo que plasmó José María Mendoza con el eral.
Recrearse al ajustarse en Chicuelinas y aliviar la embestida para extenderla al tomar la muleta. Esto, ahora, es el ensamble interno, que en lo exterior el público se introduce al compás del ritmo marcado.
Que ha pinchado sin borrarse lo estructurado. Al buen entendedor se le lleva por el buen camino; los aplausos le conducen. Y conste que esto fue para abrir boca. Saber entender.
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