El caso es que ahora el protagonista del libro da luz a varios tópicos y hasta provoca apagones pues por principio de orden el compendio literario al salir a la luz les debió de haber chamuscado el hígado a quienes sus opacas neuronas hacen que les provoque corto circuito la figura señera de Eulalio López. ¿Por su toreo poderoso, académico, solvente, luchón, emprendedor, enjundioso, macizo y duradero? No hombre, claro que no por esas razones.

Sino por el hecho de que quienes se sienten güerejos de ranchería o chorreados de esnobismo que además es chafaldrano pues pa’ esnobistas, están Dalí, Don King y hasta el Hombre del Corbatón y no los que por acomplejado racismo niegan a un torero por mexicano, moreno, auténtico, poderoso y valiente, emanado de las raíces de la tierra brava, que es millonario y no mamón, que tiene carruajes envidiables y se baja de ellos pa’ saludar al jodido, y me consta porque hasta a mí me ha estrechado la mano, porque juega golf como el mejor y porque vive en una zona residencial desconocida por exclusiva por quienes lo aborrecen y, por si fuera poco, su grandeza de hombre le da pa’ haber creado una fundación en beneficio de los niños que tienen nublada la luz y a quienes irá a parar la luz que emane de la venta de ese libro.

Por ello desde aquí un ruego pa’ que nos retratemos en la taquilla comprando el libro en beneficio de los chavalillos, que no sé si alguno nos resultara torero mas sí sé que con su ayuda muchos verán la vida a colores, eso gracias a una faena plena de luz como la que el domingo estructuró el benefactor y que algunos por falta de luz taurina no alcanzaron a ver y por eso creen que la tarde se dio a media luz en lo torerístico cuando la realidad fue que la luz de la bravura salió baja de voltaje y la solar ni se encendió pa’ iluminar el camino que lleva a los tendidos y, como dijera El Ciego Muñoz, sin luz nomás no veo.

Leonardo Páez:
Hay un abismo entre ir a ver a torear “bonito”, como suele hacerlo la gente “bonitonta” de barreras, aficionada a dos o tres apellidos importados frente a escogidos toritos de la ilusión, e ir a emocionarse al ver torear en serio reses con edad, trapío, calidad y transmisión de peligro. Lo primero es guateque mitotero; lo segundo, el único ingrediente que podrá prolongar la precaria existencia de una pobre fiesta que sus propios depredadores sostienen con ingenuidad que “es inmortal”, así, de gratis, por la gracia de Dios o por buenos deseos, no por respeto a la dignidad animal del toro de lidia y a la ética que exige el arte de la tauromaquia.

Tanto se ha desacostumbrado el público de la Plaza México a ver al toro con cuatro años, sus astas íntegras y que va de largo al caballo, que con tantito que mueva la oreja un toro y busque las pantorrillas del torero, como ocurrió ayer con los de Xajay, ya les parece que tiene raza o bravura extrema. La confusión aumenta cuando ciertos aficionados suponen que el genio o mansedumbre con peligro y la embestida áspera son sinónimos de temperamento, de codicia y de nervio.
“Fueron al caballo sin matarse”, dicen los publicronistas y los taurófilos como positivos –de lo perdido lo que aparezca–, cuando la realidad es que el toro manso mexicano va al piquero por su ojalito o por la varita de trámite y se acabó, pues en aras del toreo bonito la bravura fue desplazada del caballo a la repetitividad en la muleta. Pero, ¿puede un toro tener raza sin recargar en la puya? ¿Una embestida descompuesta y pasadora equivale a acometividad? ¿Ligar muletazos a larga distancia es el culmen de la emoción?

Por cierto, este concepto de fiesta dizque inmortal, sostenida en México por dos o tres apellidos importados, ya decayó y el público, que no sabe pero siente, hizo una pobre entrada cuando en el cartel estaban dos figuras, una de México y otra de España y un magnífico torero joven con enorme potencial, más el problemático, soso y descastado encierro de Xajay. No se hagan bolas: la emoción la da la bravura, no el mal estilo repetidor.

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