Y lo ocurrido ha sido asombroso, y le cuento, amable lector que desde aquel año ha vivido en Nimes, en las Landas y en la historia del toreo para destacar un hecho como el del encierro de José Tomás con seis toros en este magnífico anfiteatro convertido desde 1870 en plaza de toros.
Sobre su elíptico redondel han hecho el paseíllo los más grandes, desde Lagartijo y Frascuelo, Joselito y Belmonte, Manolete y Arruza, Girón y Luis Miguel, todos aparejados hasta que llegó este lobo fiero de Galapagar, Madrid, para sobrado de torerismo escribir con Mario Vargas Llosa de testigo una página inédita en la fiesta de los toros.
Lee bien, paciente lector, inédita porque haber sido galardonado con once orejas, un rabo, el indulto de un toro y salida a hombros por la Puerta de los Cónsules por las calles de la augusta ciudad no es cosa recurrida en el imaginario taurino. Es que casi siempre la realidad supera la fantasía.
En primer lugar, y para los suspicaces, los seis toros de cinco distintas ganaderías estuvieron correctos en su presentación. Cuando críticos como Zabala, Rosa Jiménez, Patricia Navarro, Vicente Bourg Zocato califican de correctos los toros de la encerrona, es que los ganaderos fueron más allá del deber. Más allá en su obligación reglamentaria y más allá como taurinos.
El de Victoriano del Río, bravo y con calidad; Jandilla, reservón; El Pilar, bravo; Parladé, de nombre Ingrato, codicioso, fue indultado; Garcigrande, noble; Toros de Cortés, parado y con sentido.
José Tomás en solitario: Dos orejas, dos orejas, dos orejas, dos orejas y rabo simbólicos, dos orejas y oreja. Tomás fue aquella mañana la espoleta para que se dispararan las pasiones. Ocurrió, lo que cuando se escribió en el Catecismo Gallístico aquello de «Alabado seas Joselito, amo y maravilla del toreo…» Habrá quien envuelto en la pasión provocada sea capaz de aseverar que ésta ha sido la tarde más gloriosa de la historia de la Tauromaquia y que José Tomás es superior a Joselito y Belmonte…
Simplemente me remitiré al comentario de la severa y justa crítica taurina, Rosa Jiménez Cano, que en su reseña señala que “… La realidad indiscutible es que José Tomás es un gran torero y que el domingo, en Nimes, todo salió a pedir de boca: el público, los toros, la suerte de varas, las faenas, las cinco estocadas, los trofeos y, como guinda, hasta el indulto de un toro. Acertaron sus veedores al elegirlos; cumplieron bien su tarea las cuadrillas; mostró el diestro la necesaria variedad; eligió un camino clásico, no de alardes de valor que asusten al público; se entregó con la espada, tuvo el acierto – y la fortuna – de no necesitar ni un descabello…”
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