La plaza registró casi un lleno en los tendidos, en una tarde con pequeñas ráfagas de viento, en donde el juez de plaza, Roberto Valencia, estuvo muy dadivoso en la concesión de las orejas, cuando en ocasiones, nadie las pedía y muy exigente con los avisos.
Luis Conrado: Palmas
César ibelles: Oreja
Carlos Peñaloza: Oreja
Manolo Sánchez Mejías: Palmas tras dos avisos
Pepe Mayor: Dos orejas
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Luis Conrado ha estado como es su constumbre, pleno de voluntad, intentando agradar al público asistente. Realizó quites por chicuelinas combinados con tafalleras, ya con la muleta, inició su labor por alto con algunos de rodillas, y sumando tandas que estuvieron con temple, a un buen novillo que tuvo clase calidad y recorrido por los dos pitones, pero el astado paró un poco después por el castigo que se le dio en varas un tanto excesivo. Todo se vino abajo cuando Luis no logró acoplarse ni darle la distancia a este magnífico ejemplar. Para concluir, realizó unas manoletinas de rodillas, así como de pie, después de dos pinchazos dejaría una estocada delantera caída, para recibir las palmas del respetable.
César Ibelles, antes de relatar lo que hizo este joven que seguramente aspira algún día a ser un buen novillero, he visto con suma tristeza que para suplir las deficiencias entendibles y todavía no superadas de este muchacho, criticadas por este servidor, su señor padre se da a la fácil pero absurda tarea de amenezarme, llenándome de una serie de insultos, que en nada servirán para mejorar la expresión artística de su hijo, al menos que tanto él como su heredero visiten la autocrítica para conocer los errores y convertirlos en aciertos. Evidentemente, nos deja una primera impresión de una persona nada educada y sí brutalmente agresiva para dirigirse a los demás.
Como ya decíamos, en segundo término apareció, César Ibelles, quien enfrentó a un ejemplar de una aparicencia microscópica para ser novillo, lo anterior lo comento, por su exagerada pequeñez, al que ejecutó un par de chicuelinas y remató con una revolera. Sumó pases a un pequeño bovino dócil, que se comía la muleta, claro si se la dejaba en la cara y tiraba del burel, pues en repetidas ocasiones el novillo se quedaba con esa intención, de embestir, porque le quitaba la muleta su torero y, ya no sucedía esa magnifica embestida del chiquitín, por lo que tampoco emocionó a la asistencia; la serie de naturales que realizó, la hizo con temple pero sin ajustarse. Dejó un espadazo que hizo guardia al torito, esto es, lo atravesó, ya después dejaría una estocada entera, para que inexplicablemente el gentil juez, concediera una oreja sin que nadie la pidiera.
Carlos Peñaloza logró en ocasiones acomodarse con la embestida del novilleto. Dejó un quite por chicuelinas que lucieron mucho por la estatura del novillero. Al torearlo con la muleta, no lograba acoplarse a la distancia del novillito que era un poco violento, hubo dos tandas con la derecha en donde Peñaloza se pudo recrear en lo que acabaría siendo una faena larga y sin realce. Dejaría una estocada entera y cortaría la segunda oreja de la tarde.
Manolo Sánchez Mejías llegó con unas ganas de agradar, pero tuvo frente a él un novillo que de inmediato visitó el cobijo de las tablas, además de que no tenia clase como la de algunos de sus hermanitos. Así, Manolo pudo extraer pases de importancia, llevándose algunos golpes por descuidarse. Sin duda, Sánchez Mejías no tuvo suerte con el burel y estrelló la ilusión de salir triunfante en esta novillada, dejando dos estocadas que no hicieron efecto para después tomar el descabello, y escuchó dos avisos. Al final, el público ovacionaría la labor de este novillero.
Terminaría el festejo el novillero español, Pepe Mayor, enterado, mostrando el oficio que tiene. Le correspondió un novillo suelto, al que con los dos puyazos que le propinó el hombre del castoreño, asentó de inmediato, para con la muleta obedecer a cada uno de los cites del torero a la voz, recreándose en el redondel, gustando al torear, corriendo la mano con suavidad, pero sin llegar a romper con el público. Dejaría tres cuartos de espada tendida, para que el juez que pareció más apoderado de los novilleros del cartel, otorgara dos orejas, que a nuestro ver, la segunda de ellas, sería muy excesiva. Así el veterano novillero español, acabó saliendo triunfador ante la juventud novilleril mexicana.
Tras el penoso altercado del que fui víctima por parte del señor Raúl Ibelles, y caminando para reportarle a usted amigo lector, lo que ocurrió en este festejo, vino a mi mente la siguiente reflexión con relación a la trillada, y para mi poco fundamentada frase de que si no se cortan las orejas, la gente no va a las plazas.
Seguro estoy, de que eso no es verdad. La gente no va a las plazas porque no hay emoción. Porque a los jóvenes les hace falta desbordar muchísimo más esas ganas y pasión de torear para convertirse en ese ídolo que tanto necesitamos y que envuelva con su magia a los tendidos. Que nos haga sentir una emoción de ver que los novilleros enfrentan el peligro latente en el ruedo, del novillo con edad, y que sea bravo y encastado, que ya dominado nos muestren el arte y temple. Por eso digo que más allá de sumar orejas, esta el convecimiento que dejan los novilleros que nos emocionan y nos desquician con sus actuaciones, obligándonos a volverlos a ir a ver, no sólo por las muchas, pocas o ninguna orejas cortadas, sino por las emociones, la pasión encendida de lo que sabe hacer y muy bien en el redondel
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