En pleno doce de diciembre de dos mil doce, el matador del parche en el ojo izquierdo convivió con los alumnos de la Escuela Municipal Hidrocálida, dejando el gusto, corazón y entrega a lo que ha sido vida de sufrimiento, alegría y triunfos, a raíz del percance que lo ha señalado desde el 7 de octubre del pasado año.
Padilla es todo un ejemplo de superación, por lo vivido con el toro de Ana Romero que le cegó el globo ocular. Y aún sobre la amenaza de perderlo por completo sin nula visión, lo torero le brota por los poros.
Y lo mejor, la recepción de los alumnos de la escuela dirigida por el hijo del ganadero que le diera, con sus toros, una de las tardes más importantes en el ciclo de David Silveti con los toros de Claudio Huerta, pues todo apunta a que Padilla ha sembrado raices de admiración entre la tierra de gente buena.
Eso se llama coraza, lo que envuelve la piel, que está más adentro de lo que vemos, pero poco percibimos. Y Juan José ha dado muestra de que en él no existe amargura alguna, luego del percance que ha marcado su vida.
Y si fue bien recibido por la niñéz, lo aprovechado por los jóvenes y la recepción entre los profesionales, todo está del lado del torero de moda.
Un parche le acompaña dentro y fuera del ruedo, símbolo de que los toros dan gloria, fama y fortuna, como también pueden ponerse al lado contrario, de los fracasos, amarguras y sinsabores.
Juan José es noble, agradecido con la vida y júrenlo que el Cristo Negro de El Encino le acompañará durante su estancia por tierras mexicanas. En él no es haber recibido, con el cuadro, un reconocimiento, sino la bendición que suele acompañar a los que aceptan su suerte, buena o no tan buena.
En la vida hay que sembrar, y si la semilla germina es porque entre el surco se enterró lo bueno. Tenemos de este diciembre al abril benigno para ver los resultados de la cosecha. Juan José Padilla dejó lo noble y bueno en Agüitas.
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