Sí, la escencia del poder, inculcada en tres de sus alumnos, no obstante diferentes facetas personales en cada uno de ellos: su ahijado Juan Luis Silis, el amigo charro, Isaías Gómez; y el de escritorio, licenciado Fernando Rosique. Esta cuarteta coincidió por largo tiempo en un exquisito gusto, torear.

Para cada uno hubo becerros haciéndolo bueno, Juan Luis por el estupendo sitio que atraviesa y, los mejores por calidad propia para sus alternantes.

Silis, vestido de charro, como era el gusto del maestro en festivales, haciendo gala en el desengaño para hacerse de las huídas. Parar es la gracia aprendida y lo logró ante un buen número de Marianistas. Y la imagen del Diestro de La Viga parecía cobrar vida en cada suerte con la muleta, lo mismo en recortes pintureros que al torear en redondo, faena larga y sentida, pues iba dirigida al cielo en gusto, como si los ojos de Mariano calificaran el trasteo.

La estocada en buen sitio fue cambiada por las orejas y rabo, concedidas por el matador Marcos Ortega en sus labores de juez.
Qué viva la fiesta brava, Qué viva Mariano Ramos” se desgañitaba en la potente garganta de José Luis Vargas, el anfitrión de la plaza México que en cada tarde les da con su fuerte voz las buenas tardes al público.

También de charro vistió Isaías Gómez, quien bajo la asesoría de Alfredo Acosta y las oportunas intervenciones de Juan Ramón Saldaña en su toreo de capa alternado de mano a mano, colaboraron para que surgieran los consejos marianistas. Toreo a la antigua de capa, ese sentida que se reboza al hundir el pecho y la sorpresa, una zurda tan natural como el toreo en muleta que va impregnado de temple, sin importar un arrollón, si el peligro va implícito.

De uno en uno ya tan largos como cada embestida engarzó Isaías, tras la acertada y medida pica de Rodolfo Acosta, hasta consumar la muerte y cobrar las dos orejas.

Cerró Fernando Rosique que no paró hasta darle vida una faena preconcebida y a la moderna, él, vestido de corto, en su Larga cambiada de rodillas y muy a su manera el quite por Zapopinas, sin importarle quedarse en el viaje del becerro, pues cuando el pitón apuntaba al cuerpo, como por arte de magia en acto reflejo eludía el arreón. Y también se dio gusto al torear con la muleta en una faena larga en tiempo, como sus muletazos, pues afición le sobra y también cobró dos orejas.

Buenos los de Santo Domingo y Garza Leal, como el ambiente y comelitona sazonada por la familia Silis.

Convivir en el lienzo de Aragón es compartir el clima de los Ramos, entre caballos, toros, charros, riendas, espuelas, arena suelta en el ruedo para botines firmes al recordar la escuela de Mariano, desde don Rafa, su padre, hasta los Aparicio, Paco y la tía Juanita. Familia del sombrero bordado para lucirlo sobre el corcel y en el ruedo cuando se eleva junto con la plegaria. Hasta allá arriba está el matador.

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